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Llamadas del XXII Capítulo General

 


 



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Conferencia General – 2 de octubre

05/10/2005: Sri Lanka

Una parábola para la Conferencia

<306bhspace=5 vspace=5 align=right>Llegué a Negombo cuando se ultimaban los detalles para acoger a los hermanos de la Conferencia. Se trabajaba en varios lugares distintos y distantes. El Goldi Sands Hotel iba a ser casa marista por un mes. Poco a poco los diversos ambientes iban adquiriendo la atmósfera marista que precisaban. En el hall del hotel se dedicó un lugar de privilegio para Marcelino y para María, que recibían con los brazos abiertos a cuantos llegaban. Pancartas, posters, colgantes, daban un toque distintivo por doquier.

Al llegar a esta hermosa isla nos brindaron una cordial acogida. En el Maris Stella College lo expresaron así, con letra que compuso un hermano para una canción: “Os damos la bienvenida, queridos amigos, a tierras del gran continente que vio nacer los cuatro grandes ríos de la religión, los cuales fluyen hacia las cuatro esquinas del mundo. Con afecto y corazón abierto os acogemos, queridos hermanos, en la tierra en que los cuatro credos que dan consuelo espiritual a la humanidad se desarrollan con entusiasmo; en la tierra tres veces animada por los besos suaves de los pies del señor Buda; en el paraíso resplandeciente de Sri Lanka. Compartimos el amor de Dios con hijos dispersos por todo el mundo. Sed bienvenidos, hijos de Marcelino. Bienvenidos a Asia, bienvenidos a Sri Lanka.”

Me llamó la atención el cuadro que ha presidido las reuniones en la sala de conferencias. Sobre un mar abierto navega el catamarán del Instituto con las velas llenas de vitalidad por los mares de Asia. Y un letrero: Séptima conferencia general. 5-30 de septiembre. Negombo – Sri Lanka. Vi a los carpinteros dando los últimos golpes de martillo. Y en el espacio que íbamos a utilizar como capilla colgaban una cenefa con tela blanca enmarcando un lienzo en el que un artista había esbozado las líneas de un cuadro. Apenas se insinuaban, con unos trazos de lápiz, el rostro de Marcelino, rodeado de niños, casi indefinidas sus figuras, y sin color. En cambio en el comedor, ocupaba un lugar destacado un cuadro de toques ingenuos pero seguros, casi naïf, de colores vivos, con un Marcelino de tez morena rodeado de niños de rostro rosáceo. El conjunto expresa la actividad diaria en un colegio. Un canto a la educación marista. Al comparar los dos cuadros pensé que uno estaba terminado y el otro no. No les ha dado tiempo para acabarlo, pensé. Pero como la verdadera génesis de todas las cosas está al final, el lienzo, con el cuadro apenas sugerido, se hizo parábola de la Conferencia.

No conozco al autor del boceto ni sé cuál era la idea que quería desarrollar, pero creo que podría titularse “la misión de los maristas en Asia.” Ese podría ser el motivo del cuadro inacabado que ha presidido todas las celebraciones litúrgicas en la improvisada capilla del hotel. Los trazos más definidos en él son los de Champagnat. Y se aprecian también los rasgos de unos muchachos realizando algunas actividades. Pero todo está apenas insinuado con unos cuantos golpes de lápiz.

<306>Así permaneció el lienzo durante toda la Conferencia esperando las pinceladas que dieran vida y color al proyecto. ¿El artista no tuvo tiempo de acabarlo, o fue su decisión dejarlo como está? Pregunté al comienzo de la Conferencia si alguien vendría a terminarlo. ¿Se va a quedar así? Y oí que alguien respondía a mis espaldas: ¿Y por qué no?. Yo pregunté porque a mí me gusta terminar lo que empiezo y terminarlo ya, no dentro de un tiempo. Pero, pensándolo un poco, le di la razón a mi interlocutor. ¿Por qué las obras de arte han de estar definitivamente acabadas y perfectas? Hay arte que es vida y se perfila día a día. Cada momento deja su reflejo y su matiz.

La mañana en que nos dedicamos a interiorizar todo lo vivido durante la Conferencia comenzó en la capilla con un tiempo largo de reflexión. Un día o unas horas de “desierto”, como se suele proponer en algunos momentos de oración en los retiros. Trasladarse, física o espiritualmente, a un desierto como éstos de la península arábiga que estamos atravesando ahora, cuando escribo camino de Amman y Roma, es colocarse, como Jesús ante la tentación, frente a la prueba que nos deparan los retos del futuro. Atreverse a correr el riesgo de decir sí a Dios o claudicar. En esos instantes contemplativos hay silencio alrededor. Y ese silencio se busca porque en él se engendra la palabra, la intuición. El vocablo lo expresará después. Cuando la palabra permanece en el silencio, se fecunda y nace llena de vida.

Después de aquel espacio reservado a la contemplación se les invitó a los hermanos a escribir sobre el lienzo una palabra, el reflejo de sus sentimientos en el momento final. En el silencio se engendra la palabra. El silencio envolvía el alma de la Conferencia. Y en el silencio estaba la palabra.

Se pedía una palabra, una breve expresión que resumiera la experiencia interior de aquellas semanas vividas. Los términos, las frases que los hermanos plasmaron, con su grafía y su idioma nativo, eran como las lenguas de fuego de Pentecostés. Hablaban en lenguas. En un primer momento ininteligibles. Chinos, pakistaníes, coreanos, argentinos, canadienses, filipinos, ruandeses, malgaches, españoles, holandeses... Representando a 77 países, desbordando los cuatro idiomas oficiales del Instituto, se expresaban en lenguas diferentes pero todos se entendían. Les animaba un mismo espíritu. Cuando acabaron, el lienzo presentaba deseos, gritos, retos, promesas, sentimientos. Sus voces sonaban así: emarara, fogo, chiyembekezo, esperanza, kabataan, paga-sang, ¡vayan!, mipela amamasin yu.

<306a>Terminó la VII Conferencia General. Allí quedó el cuadro con sus líneas apenas sugeridas y una historia inconclusa pero con avances significativos. Negombo ha continuado la propuesta de Veranópolis y de los dos últimos Capítulos, traspasando las fronteras romanas del Instituto que siempre tuvo vocación de universalidad. Esa universalidad e internacionalidad que Champagant y sus hermanos acogieron un día desde el Hermitage, a la búsqueda de nuevas diócesis para sus miras.

Ahí está el cuadro de Negombo, que recoge junto a Champagnat los nuevos aires del espíritu que ha inspirado este encuentro. Un cuadro inacabado, pero programático. En cada Provincia del Instituto se añadirán los rasgos pertinentes, propios, inculturados. Cada región aportará su tonalidad y sus matices. También las sombras se harán presentes; hay que contar con ellas para que resalten los contrastes. Pincelada a pincelada, con el rojo intenso del amor, los trazos seguros del verde esperanza, los tonos imprescindibles del ocre monótono que se interfiere en nuestras vidas, o del blanco de los aleluyas, se irá dando forma y fondo a este cuadro de la vida institucional durante los próximos cuatro años. Negombo va a ser un nuevo hito en nuestro camino. El catamarán, con su vela cuadrada y versátil, presidió la apertura de los trabajos de la Conferencia señalando el rumbo hacia Asia. Hoy el Instituto despliega sus velas ante las rachas del viento del espíritu con el deseo de que nos lleve a buen puerto de manos de Santa María del Buen Viaje que ha presidido los rumbos de partida de cada uno de los hermanos desde su iglesia de Duwa.

Adiós, Negombo y Colombo, con la nostalgia de la excelente acogida que nos brindaron los hermanos. Al dejar Sri Lanka nos llevamos en el corazón la tarea de abrir todavía más las fronteras del Instituto “ad gentes”, de incorporar a los seglares en nuestra misión, de asegurar el camino marista hacia Dios con una sólida espiritualidad, de compartir en solidaridad cuanto de bueno tenemos entre los hermanos, y con los más necesitados. Todo esto ha de llegar a componer un hermoso cuadro multicolor en torno a Champagnat realizado con el espíritu del Hermitage.

Roma, 1 de octubre de 2005. AMEstaún.

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