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Boletín marista - Número 118

 

Ser buena noticia para las comunidades aymaras
08/01/2004

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H. Lluís Serra
Tres hermanos maristas Enrique Martínez, 55 años, Abel Pérez, 56 años, y Avelino Jiménez, 60 años, junto con la voluntaria Mary Luz Quiroga, 29 años, viven entre los indígenas aymaras y forman comunidad en Tiquina, que se encuentra a casi 4.000 m. de altitud, a orillas del lago Titikaka, en Bolivia. En mayo compartí con ellos un intenso fin de semana. En la cena del sábado, formulé una serie de preguntas cuyas respuestas se publican ahora. El lugar es especial y tiene embrujo. Capté un evangelio sin glosas ni comentarios.


¿Qué sentido y misión tiene la presencia marista en Tiquina?
Responden Jilatanaka Abel y Enrique
La comunidad de Tiquina es la respuesta al tercer llamado que asumieron los hermanos Provinciales y Superiores de Distrito en América Latina reunidos en Campinas (Brasil), en septiembre de 1995 (VIII CLAP), como un “don del Espíritu” para este continente, y dando así continuidad al mensaje de Chosica, Cali, Guadalajara y del XIX Capítulo general.
El tercer llamado de Campinas: “Crear en cada región, al menos una comunidad de hermanos en solidaridad interprovincial que abra caminos nuevos de vida marista en fidelidad al XIX Capítulo general”.
Posteriormente, los mismos hermanos reunidos en Cochabamba, Bolivia, en abril de 1997, enviaron un Informe-Consulta a las Provincias y Distritos del Cono Sur en el que se solicitaban hermanos y voluntari@s y pedían opinión sobre el lugar, la tarea pastoral, la participación de l@s seglares para poder hacer realidad el llamado. En el mismo Informe dejaban claro lo siguiente: “... lo fundamental a tener en cuenta es contar con unos hermanos que estén dispuestos a hacer realidad lo que deseamos para todas nuestras comunidades maristas: ‘Promover entre los hermanos de nuestras Provincias y Distritos comunidades más austeras, sencillas y acogedoras, que sean verdaderas escuelas de espiritualidad marista, signo profético de la ternura de Dios en medio de una cultura marcada por el individualismo y un sistema excluyente de los pobres”.
Poco a poco, mediante la búsqueda, las visitas y el discernimiento, surgió esta comunidad marista inserta en el mundo aymara y formada por hermanos y seglares.
Nuestra misión es encarnar la espiritualidad y el carisma heredados de Marcelino Champagnat en la Iglesia local del altiplano boliviano para abrir caminos nuevos de vida marista en fidelidad al XIX Capítulo general. Nos sentimos partícipes de la misión de Jesús de ser Buena Noticia para las comunidades aymaras en comunión con nuestra Iglesia local. Vivimos nuestra misión en clave de presencia marista, conscientes de que nuestro testimonio personal y comunitario da credibilidad a nuestro actuar. Nuestro trabajo se desarrolla prioritariamente en actividades religiosas y educativas con niños y jóvenes (enseñanza religiosa escolar y de computación en centros fiscales, catequesis sacramental de Eucaristía y Confirmación, encuentros con jóvenes, apoyo escolar sistemático los días lunes y jueves, consultas escolares o de otro tipo en la casa, celebración de los miércoles y domingos cuando el sacerdote no viene, con presencia mayoritaria de niños y jóvenes, etc.).
Atendemos también a la formación de catequistas y animadores de comunidad y nos hacemos presentes en las comunidades en sus reuniones y celebraciones religiosas, sociales y culturales. Nos mantenemos siempre atentos y abiertos a posibles llamados a favor de niños y jóvenes más necesitados, sin descuidar nuestra presencia, atención, escucha y cercanía de las demás personas.

¿Existen elementos de diálogo entre la cultura aymara y el Evangelio?
Responde Avelino
La cultura aymara se asienta mayormente entorno al lago Titicaca, alrededor de 4.000 metros sobre el nivel del mar. Sus habitantes se agrupan en comunidades fuertemente cohesionadas.
El aymara vive su religiosidad con gran sentido comunitario y unido a la vida.
Su trabajo de la tierra y la cría de animales tiene como modalidad el “cuidado de la vida” a la vez que el culto a la Pachamama, la Madre Tierra que le proporciona los medios de subsistencia.
Para el aymara es importante la armonía entre el hombre, la naturaleza y Dios, lo cual constituye la base de su espiritualidad.
Todas sus actividades agrícolo-ganaderas están marcadas por ritos y fiestas religiosas para canjearse la protección de la madre Tierra, a la vez que le agradecen por sus beneficios. Cuando beben, siempre derraman una parte de la bebida al suelo para que la madre Tierra participe de lo que ella les ha dado.
Su relación con la divinidad en cada acontecimiento de la vida y su gran sentido comunitario hace que se pueda afirmar que están pre-evangelizados, capacitados para recibir el mensaje de salvación que nos trae Jesucristo: Dios el Dios de la Vida, vive en comunidad de amor y cuida de todas las cosas para que lleguen a su plenitud. Dios es el viñador que cuida de la planta, que hace llover y salir el sol sobre los campos, que no hace faltar el alimento a las aves ni la belleza a las flores, y que se preocupa sobre todo de nosotros, los hombres. Él ha enviado a su Hijo para que tengamos vida y ésta en abundancia.
Voy a narrar una hermosa experiencia que tuve a principios de julio del presente año en una asamblea anual de catequistas aymaras.
Nos reunimos en un pequeño pueblo llamado Taraco más de 2500 personas entre catequistas, sus esposas y miembros activos de las parroquias de la zona sur de la diócesis de El Alto.
El segundo día, a las 5 de la mañana (dos horas y media antes de que se levante el sol), con una temperatura invernal de varios grados bajo cero, empezamos una procesión hacia una colina situada a casi un kilómetro del poblado. Íbamos cantando cantos religiosos en aymara, acompañados por tres bandas parroquiales de música. En la cumbre, bajo el ondear de las banderas indígenas (las wipalas) esperamos la salida del sol al son de cantos y oraciones en el idioma autóctono. Al final hubo arengas sobre temas sociales que se refieren al pueblo.
Si hermosa era la música y la participación total de los asistentes, hermosa era también la vestimenta autóctona. Los hombres lucían vistosos ponchos ceremoniales y las mujeres, sobre sus polleras y mantillas, muchas de ellas llevaban mantos de aguayo, distintos entres sí, tejidos a mano en vistosos colores.
Cuando el sol estaba por despuntar detrás de las altas y nevadas montañas, todos dirigimos nuestros rostros hacia el oriente y varios se arrodillaron con los brazos y manos presentados hacia el sol por nacer. Un diácono permanente comenzó entonces a invocar al Señor mientras el astro rey (el “dios Inti”) se iba, lentamente, mostrando a nuestras miradas contemplativas. Entonces se produjo un caluroso aplauso y se empezó a bajar de la colina al son de música gozosa. El pueblo, primero a cuentagotas, masivamente después, se puso a bailar todo el trayecto y se dio varias vueltas a la plaza. Para mí era la celebración exultante y gozosa de la vida, la celebración de la Resurrección, el paso de las tinieblas a la luz, del frío al calor.
En resumen, la cultura aymara, en todo su simbolismo, apunta hacia el Dios de la Vida; pero, como el caso de los judíos, para pasar del deseo a la plenitud necesita la salvación de Jesús y el Poder del Espíritu Santo.

¿Cuáles son las características culturales del pueblo aymara?
Responde Jilata Enrique
Todas las culturas andinas, y el pueblo aymara entre ellas, desde su realidad y su modo de vida, tienen sus propias maneras de conocer el mundo y de relacionarse con las dimensiones existenciales: la comunidad humana, los antepasados, la naturaleza, la Pachamama, los Seres Tutelares y el mismo Creador. De estas dimensiones de la vida, surgen las características culturales de la “familia aymara”.
a) El sentido comunitario: Toda la actividad va siempre orientada a hacer comunidad. La persona(jaqi), lo es en familia y en comunidad. Los servicios y los trabajos que se desempeñan en la comunidad tienen sentido religioso. La vida de la comunidad para el aymara es “sinónimo del Reino de Dios”.
b) La familia, núcleo principal de la vida: El matrimonio, los hijos (los que Dios quiera), y la complementariedad de los esposos. Educar a los hijos: “No ser flojo, no robar, y no mentir”. Ser solidarios y hospitalarios, trabajadores y agradecidos.
c) Valor de la palabra dada: honradez y veracidad. Para el aymara, la palabra “libremente concedida!, tiene más valor que los papeles y firmas. Así lo expresan: “may parliri”, “mä arumi jaqi”: ser hombre de una sola palabra.
d) La celebración y la fiesta: Para los aymaras, todo lo importante que se vive, se celebra festivamente con música, baile, comida, coquita y trago, sin medir tiempo y sin poner límites a la celebración.
e) El respeto a la Pachamama: En ella agradecen al Ser Supremo que hizo todo lo que tienen para vivir. La tierra es una madre fecunda y de ella brota toda la vida. La aman, veneran, respetan, protegen, agradecen y hasta le piden permiso y perdón.
f) Mantener el equilibrio y armonía universal: Todos los niveles de la existencia del pueblo aymara constituyen una unidad. El principio de la armonía y el equilibrio sostiene todo en el universo. Cada ser tiene su propio lugar. Cuando alguno lo abandona, rompe el equilibrio y vienen los problemas. La restauración de la armonía y el equilibrio se logra con la prestación de servicios comunitarios y con los ritos.
g) La convivencia y el diálogo con los antepasados: Los antepasados viven. Ellos y su sabiduría siguen presentes en la vida de la comunidad. Son miembros de la familia y tienen las mismas necesidades y deseos que los vivos. Necesitan alimento, bebida, intimidad, afecto y respeto. Dedican especial atención a los Seres Tutelares o Protectores y a los difuntos.
h) La veracidad y riqueza de sus ritos: Los ritos responden al deseo de retribución ante la donación gratuita de la divinidad. Presentan ofrendas al Dios Creador, a los Achachilas y a la Pachamama por todo lo recibido. La variedad de los ritos es muy grande, pero todos están relacionados con: agricultura y ganadería, el ciclo de la vida, agradecer o pedir protección, ritos de perdón, ritos y celebraciones festivas.
i) El marcado sentido religioso: El pueblo aymara es cristiano, pero con un carácter profundamente andino. Desde siglos ha sido una sociedad agraria y su experiencia de Dios es realizada en el contacto directo con la tierra. La tierra es el signo del amor de Dios. Dios está presente en la naturaleza que es fuente de vida. El núcleo de todas las actividades del pueblo aymara es la CELEBRACIÓN DE LA VIDA como don gratuito recibido de Dios (Padre y Madre). La vida hay que protegerla, conservarla y sobre todo recrearla. De la vida y de las experiencias religiosas de este pueblo surgen innumerables riquezas de gran valor, que son realmente fundamentos innegables para los procesos de la inculturación del evangelio de Jesucristo.

¿Cuál es el grado de integración de Mary Luz en la comunidad desde el punto de vista de un hermano?
Responde Jilata Abel
Antes de contestar directamente a la pregunta quisiera expresar dos planteamientos de fondo:
En primer lugar decir que, en la mente y espíritu de los hermanos Provinciales reunidos en Campinas, estuvo siempre la intención de establecer una comunidad interprovincial en cada sector de Sudamérica y que estuviera conformada por hermanos y laic@s.
En segundo punto hay que considerar los procesos personales vividos por algun@s laic@s dentro del carisma marista y su interés por profundizar este espíritu dentro de una comunidad de Hermanos. Es así como Mary Luz, después de conversaciones con el hermano Provincial y otros hermanos del sector de Bolivia, decidió venir a Tiquina. No estaba claro el cómo y dónde viviría puesto que, en principio iba a venir otra integrante argentina. Al no llegar ésta última se decidió adoptar la modalidad que Mary Luz viviera con la comunidad de hermanos y ser un miembro más de ésta.
Respondiendo ya a la pregunta concreta puedo decir que su integración en la comunidad ha pasado desde un primer momento de adaptación, donde los temores y cuestionamientos iban y venían tanto por parte de ella como de la comunidad, hasta una complementaridad y sentido de pertenencia a la comunidad excelente.
Vive en una habitación sola, como el resto de los tres hermanos y eso es bueno para su privacidad y momentos personales de reflexión; además, permite alojar a mujeres que vengan de visita y compartir con ella su habitación. Compartió el proyecto comunitario y por lo tanto también comparte la oración diaria, el trabajo escolar y de la casa y descansos o salidas comunitarias.
Siento que es un gran aporte en la comunidad no sólo en las tareas domésticas sino en la profundidad de su vida humana y espiritual y en la delicadeza para tratar a cada hermano. Tiene muy buena llegada con l@s jóvenes y eso hace que sea estimada no sólo ella sino también la comunidad.
Es una experiencia para mí muy enriquecedora y percibo que también para el resto de los hermanos en todo aspecto que, con el pasar de los meses, nos vamos apoyando y entregando a esta obra evangelizadora de misión especial y muy querida por los hermanos Superiores ya que así nos lo manifiestan en los encuentros que se han tenido.
Esta presencia femenina en medio de nuestra comunidad creo que, en primer lugar, es un don de Dios por la riqueza que Mary aporta a ella y, en segundo punto, por lo que significa romper algunos cuestionamientos o temores de muchos hermanos y quizás del mundo aymara que no entiende la vida religiosa.
Por mi parte diría que, cuando uno percibe claramente la misión y tiene clara su propia identidad de religioso, dentro de la Iglesia, esta vivencia comunitaria ayuda a visualizar la complementaridad en el compromiso aceptado y a una mayor entrega por el Reino en esta cultura tan diferente, maravillosa y cuestionante.

¿Cómo te sientes en esta comunidad de hermanos?
Responde Mary Luz
Antes de responder a la pregunta, me gustaría hacer llegar un caluroso agradecimiento a todos los hermanitos que me ayudaron a crecer como marista, con su ejemplo de vida, su cariño, su confianza, desde que era una niña hasta el día de hoy. Pues ellos me enseñaron a acercarme con confianza y cariño a Jesús y a Nuestra Buena Madre.
Siento profundamente que soy parte de esta gran familia, ya que el hecho de estar cerca siempre, ha ido abriendo en mi interior algunas inquietudes y una de ellas era precisamente la de realizar una experiencia de voluntaria, aunque debo confesar que me parecía un sueño, algo lejano y quizás inalcanzable.
Pero hoy que vivo esta linda experiencia, me siento una persona privilegiada al poder compartir lo que soy en una comunidad de hermanitos y en una cultura y realidad tan diferentes, a las que siempre había estado acostumbrada a vivir.
Desde el primer día que llegué a la comunidad sentí una gran acogida de parte de cada uno de los hermanos y es así cada vez que llego a casa, después de visitar un par de días a mi familia en Cochabamba: este hecho para mí es muy significativo. También porque en alguna ocasión que vinieron mis familiares, esta acogida fue extensiva a ell@s, especialmente a mi madre, que compartió unos días con nosotros como parte de la Comunidad.
El primer mes también conviví con dos jóvenes chilenas: Paty y Caro que fueron mis compañeras de habitación y con quienes compartimos nuestra relación dentro de la Familia Marista, fue un mes que pasó bastante rápido pero que nos permitió conocer algo de nuestras realidades culturales, ellas como chilenas y yo como boliviana.
Siento que mi vida va cambiando en varios aspectos: la oración, la vida sencilla y cotidiana que comparto con ellos, me hace recordar con frecuencia el estilo de vida de nuestro querido Padre Champagnat, el estar cerca de l@s niñ@s y jóvenes que necesitan de una mano amiga y de alguien que les diga lo mucho que los quieren Jesús y María...
Otro aspecto importante que valoro muchísimo de esta experiencia es el integrarme en la cultura aymara que es un pequeño trozo de mi querida Bolivia, ya que muchas veces nos olvidamos de nuestr@s herman@s que viven en las zonas rurales, especialmente de aquellos que más lo necesitan.
Por otro lado creo que mi presencia en la Comunidad es de un miembro más de esta familia, ya que el cariño y la confianza me hacen sentir como en casa. Los hermanitos: Quique, Abel y Avelino son parte de mí y yo siento que soy parte de ellos también.
Sólo me queda dar gracias a Dios y a Nuestra “Mamita” de Copacabana por tantos signos de vida que nos ofrecen cada día y darles gracias también por haber encontrado en mi camino a la Familia Marista y ser parte de ella.

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