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Boletín marista - Número 170

 

Hermano Paul-André Lavoie
26.11.2004

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Cada semana, un jurado compuesto por representantes de las redacciones de Soleil y de Radio Canadá elige a una personalidad muy destacada en el terreno social y le dedica una página del diario. El 10 de octubre de 2004, el Soleil le dedicó una página al Hermano Paul-André Lavoie - Misionero por un día, misionero para siempre. Le hemos hecho esta entrevista.


Hermano Paul-André, Vd. es un hermano marista. ¿Cuál es el origen de su vocación?
Nací en una familia cristiana y los buenos ejemplos de mis padres me ayudaron mucho en la elección de mi vocación.
Fui al colegio de los Hermanos Maristas. Su entrega, su manera de tratar a los jóvenes, su competencia educativa y el modo de hablarnos de la Virgen me impresionaron mucho. A pesar de algunos pequeños reglazos que me dieron en los dedos, sentí una llamada a seguirles y respondí sí, sin reservas, un sí que me parecía definitivo. Y definitivo, con gran sorpresa de mi madre. El testimonio de vida de los Hermanos fue determinante.

¿Es verdad que cuando Vd. expresó a su madre el deseo de hacerse hermano marista, ella le respondió: Antes de pensar ser hermano marista, empieza por obedecer a tu madre?
Es muy cierto. Mi madre era una mujer tan cariñosa como autoritaria. Fue necesario que el director de los maristas viniera a casa para convencerla de que yo hablaba en serio.

Han pasado ya muchos años desde esa opción inicial. Mirando hacia atrás, ¿qué es lo que Vd. siente?
Siempre he sentido una profunda admiración por mi familia religiosa y nunca he tenido reparos en decirlo y en darla a conocer a mi alrededor. Se lo debo todo, puesto que es ella quien me ha hecho como soy. He tenido la dicha de visitar varios países en donde trabajaban los Hermanos y siempre he regresado de ellos con más entusiasmo y admiración. En todas partes he encontrado el mismo espíritu de familia, de acogida, sencillez, entrega, celo por la instrucción y la educación cristiana de los jóvenes.
Varias veces me han hecho esta pregunta: ¿Por qué no eres sacerdote? Yo respondía con una pizca de humor: ¿Se habría equivocado Dios al llamarme entre los Hermanos Maristas? Sesenta años de felicidad… siendo fiel a una opción de la que no me he arrepentido nunca. Esto no quiere decir que no haya habido momentos difíciles y delicados. ¡La vida no transcurre siempre por un camino llano, con sol radiante! Pero también en esos casos, como decía santa Juana de Arco: Dios me ha trazado el camino. El secreto consiste en avanzar a pesar de las tempestades y las nubes, ya que, como me he dado cuenta de ello a menudo Every cloud has a silver lining (No hay mal que por bien no venga). Cada día, durante la misa, en el momento de la consagración, le pido al Señor la gracia de seguirle hoy bajo la atenta protección de Marcelino Champagnat.

Vd. nació en Baie-Saint-Paul, en Québec, pero si miramos su ficha, ¿no ha vivido sobre todo fuera del Canadá?
Fue a los 29 años cuando me marché a Makoua, en el Congo, misión de habla francesa que había sido fundada por la Provincia de Levis (Canadá). Nuestro reducido equipo de Hermanos trabajó muy duro para fundar el colegio Champagnat. Las dificultades no se hicieron esperar. En el Congo Brazzaville, mi primera misión, no faltaban proyectos. Pero un día los comunistas tomaron el poder y todo cambió. Tomaron la dirección del colegio y a los misioneros que enseñaban no les quedaba más que una solución, de acuerdo con el obispo: marcharse. Como nos lo enseña el Evangelio en tales circunstancias, irse a otra parte. Nosotros sembramos. Somos servidores… Todo nuestro equipo dio testimonio de su fe y dio lo mejor de sí mismo para la fundación del colegio Champagnat. La obra empezada pasó a otras manos. No hay que disgustarse por ello. Dios tiene sus proyectos, que son insondables.

¿Y después de esta primera experiencia?
Fue el éxodo hacia el Camerún, donde Mons. Jean Zoa, arzobispo de Yaundé, nos recibió con los brazos abiertos. Me destinaron a Akono junto con los Hermanos André Côté, Charles Tardif y Firmin Aubut. Nos arremangamos y empezamos a trabajar para desbrozar un gran terreno en la selva. Yo era el primero en dar ejemplo, con un machete en las manos. Trabajaba con alumnos que encontraban ese trabajo penosísimo y me decían: ¡Jamás veremos un colegio aquí! Yo les respondía: Si no lo veis vosotros, vuestros hijos lo verán un día y sacarán provecho de él. Últimamente regresé al Camerún para celebrar, con la población local, los 40 años del colegio Stoll. Y los veteranos de aquel tiempo estaban orgullosísimos de traer a la memoria este viejo recuerdo.
Creo que di lo mejor de mí mismo en el Camerún, tanto en el Colegio Stoll como en el Colegio Bulier.

Vd. fundó un movimiento en Camerún. ¿De qué se trata?
Quise transmitir mi fe a los jóvenes cameruneses a través del movimiento que fundé en 1972: Juventud del Mundo. Esta fundación fue algo extraordinario, pues se trataba de un proyecto ambicioso. A lo largo de su existencia, este movimiento ha reunido a varios millares de jóvenes, chicos y chicas. Yo les decía durante una reunión: Si he venido aquí, a vuestro país, para dar testimonio de mi fe, ¿por qué vosotros no seríais capaces de hacer otro tanto? Dentro de algunos años tendréis hijos y deberéis transmitirles vuestra fe… ¿Por qué no empezar ahora mismo esa evangelización con los vuestros?
Me encontraba presente durante la celebración del XXV aniversario de la fundación. Y mi gran consuelo fue constatar que centenares de vocaciones sacerdotales, religiosas y de seglares comprometidos habían salido de esos grupos de Juventud del Mundo.

En 1990 Vd. volvió a Québec, pero sólo por dos años, ya que en 1992 se fue a Kenya. ¿Era una consecuencia de la añoranza de África?
En 1990, me dediqué a la animación misionera en las escuelas y colegios de Québec, y en 1992 me fui a Kenya, al MIC (Marist International Center). Pasé cuatro hermosos años en ese ambiente marista verdaderamente internacional. Me encargué de la biblioteca; luego me pidieron que fuera superior de la comunidad, unos quince hermanos formadores procedentes de países diferentes. Fue una experiencia agradable, pues los cohermanos se mostraron muy caritativos al soportar mi inglés digamos… un poco especial, pero que mejoraba paulatinamente… Agradezco muy cordialmente al H. Luis García Sobrado, rector, que me haya animado siempre, así como al H. Eugène Kabanguka, su sucesor.
Con el corazón rebosante, salí de Kenya para ir a Francia.

Después de tantos años de trabajo en las misiones, Francia fue sin duda una buena ocasión de descansar un poco…
Estuve 4 años en París. Cambio de continente y cambio de decorado: la comunidad de la calle Dareau me acoge y me permite participar en la animación misionera. Acaba de fundarse una asociación, llamada DIAM, para Delegados de los Institutos que se dedican a la Animación misionera. Me invitaron a este movimiento para animar la misión en las parroquias, con diferentes grupos de jóvenes y personas mayores. Fue una experiencia maravillosa. En mayo y junio, había grupos de 8.000 a 12.000 jóvenes que iban a Lisieux. Nos reuníamos con ellos en varios lugares de la ciudad para hablarles de la misión y de lo que nos había impactado en nuestra vida misionera. Personalmente, participé en esa actividad con gran alegría. Y es que, cada vez que le he pedido algún favor a santa Teresa, Patrona de las Misiones, me lo ha concedido, incluso en circunstancias particularmente difíciles. Siempre he tenido una gran confianza en ella. Me gusta su sencillez, su confianza en Dios, su manera de considerar a Dios como un Padre que nos ama tiernamente y que está siempre cerca de nosotros. ¡Tendría tanto que decir sobre este punto!

Después de la experiencia de París, vuelta al Canadá. Regreso físico, ya que el espíritu y el corazón están siempre con los necesitados.
De regreso al Canadá, descubrí que Collaboration Santé Internationale (CSI) participaba de manera señalada en la misión universal de la Iglesia. Pensé que, implicándome en esa obra, todavía podría prestar servicio.
Los 40 años que he vivido en el extranjero han estado llenos de experiencias, descubrimientos, contactos, y me han permitido dar testimonio de mi fe y de mi entusiasmo ante la vida. Me ofrecieron el puesto de director general de CSI. Acepté este reto con alegría porque pienso que hay que atreverse siempre a ser emprendedor, a mostrar ánimos en todo y no esperar a que uno tenga todas las capacidades requeridas… para actuar. Hay que contar con Dios, con Champagnat y sentirse a gusto porque el Señor está siempre con nosotros. Así lo ha dicho: Estaré con vosotros hasta el fin del mundo. Con un poco de espíritu de fe, todo resulta fácil. ¡Dios nos traza el camino!

¿Cómo se ha enfrentado Vd. con esta nueva actividad?
Después de cuarenta años de ausencia de mi país, me di cuenta enseguida de que se habían producido importantes cambios: leyes sociales y sindicales, ordenadores, fotocopiadores, correos electrónicos y todo este tinglado… Todas esas novedades me impresionaban mucho. Pero me lancé, aprendí, me espabilé y hoy estoy contento de haber obrado así.
Cada semana envío correos electrónicos y recibo mensajes de Malawi, de la República Dominicana, Perú, Togo, India, Filipinas, Colombia, Paraguay, etc. Esto es vivir, vibrar con una dimensión mundial y llevar en la oración personal las preocupaciones de nuestros hermanos y hermanas que sufren y carecen de todo. Ir de descubrimiento en descubrimiento, siempre maravillados ante los dones que Dios nos ha dado y que debemos poner en evidencia para servir mejor a los demás, aunque se encuentren en el fin del mundo. Reconocer asimismo que tenemos capacidades, no enorgullecernos por ello sino hacerlas fructificar y seguir adelante. Fueron esos sentimientos los que me movieron a entrar al servicio de CSI. A los 75 años, ¡qué maravilloso es poder seguir prestando servicio desinteresadamente! Hay que ingeniárselas para que los demás sepan sacar provecho de la experiencia que hemos adquirido

Nos ha hablado Vd. del CSI. ¿Puede decirnos brevemente de qué se ocupa?
Collaboration Santé Internationale (Colaboración Salud Internacional) nació en los bajos de una iglesia hace 36 años, gracias a la entrega del P. Célestin Marcotte, capuchino. Hoy, el CSI proporciona ayuda material a unos 85 países. Enviamos material médico que todavía funciona correctamente, pero que, por varias razones, lo consideran anticuado en Canadá. La tecnología evoluciona tan rápidamente que, para estar en la avanzadilla del progreso en el campo de la salud, el material debe ser renovado constantemente. Con los años, el CSI ha llegado a un acuerdo con varias empresas, algunas de las cuales son farmacéuticas, y distribuye medicinas y otros productos en países pobres.
Cada mes el CSI envía entre 4 y 6 contenedores, así como centenas de paquetes a diversas regiones del mundo. El organismo responde lo mejor que puede y en el límite de sus recursos, a las inmensas necesidades manifestadas por sus interlocutores en los países de los que se ocupa.
El CSI participa en proyectos referidos a la educación primaria, la promoción de la mujer, la formación de gestores de centros de salud y dispensarios.
En su sede social, situada en Québec, hay más de 50 voluntarios y 12 contratados que trabajan, seleccionan, clasifican, limpian, reparan cuando se puede, con el fin de responder a las demandas de nuestros misioneros y socios.
Somos privilegiados al poder ayudar de este modo a nuestros misioneros, proporcionándoles equipos técnicos y bienes materiales que les permiten aliviar un poco la miseria de la gente y transmitir a su alrededor un mensaje de esperanza.

¿Cómo vivir este reto: trabajar en el CSI?
Al principio, tuve que adaptarme rápidamente. Me había fijado algunos objetivos muy claros:
- confiar siempre en Aquél que actúa en mí;
- ser yo mismo;
- aprovechar mi experiencia en los países en vías de desarrollo;
- confiar en el equipo que estaba ya en el lugar;
- mantener la unidad entre todos los miembros del personal;
- acoger a todos con dulzura y bondad.
Cada día he tenido la dicha de poder rehacer las fuerzas con la comunidad de Château-Richer, y gozar del privilegio de participar en la eucaristía en un tiempo en que los sacerdotes escasean. Empiezo el día con entusiasmo y trabajo 35 horas semanales. Me llaman para hacer muchas cosas en el exterior. Seguramente no las haría si me escondiera en una pustina (desierto).

Hermano Paul-André, en este momento no puedo evitar pensar en el Padre Champagnat cuando sugería a los superiores que tuvieran constantemente ocupados a los hermanos jóvenes. Usted, con 75 años, a lo mejor ya no entra en esa categoría…
¡Hay que construir la felicidad cada día! La alegría, la confianza y el amor constituyen la mejor tierra para crecer y mantenerse lejos de la mediocridad. La verdadera humildad es el humus donde se enraízan las demás virtudes. Pero esta palabra puede servir a veces de tapadera para actitudes miedosas y timoratas, de excusa para la cobardía, incluso para esconder un orgullo sutil.
Quiero acabar diciendo que vivo este reto con alegría, transparencia y libertad propias del trabajo desinteresado. ¡A los 75 años, se puede vivir serenamente en medio de gente de cualquier edad! Puedo dar testimonio de ello.

Hermano Paul-André, le damos las gracias por seguir añadiendo tantos años a su vida, pero sobre todo por añadir tanta vida a sus años.

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