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Boletín marista - Número 173

 

Mensaje navideño del Hermano Superior General 2004
24.12.2004

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¡Qué sorpresa debió causar aquella primera Navidad! Jesucristo, el Mesías largamente esperado, el Salvador que iba a liberar al pueblo judío, se coló en nuestro mundo casi de puntillas. A María y José nunca se les ocurrió convocar una conferencia de prensa; ni tampoco hubo una comisión de importantes para recibirlo; no hubo ni bandas de música ni fanfarrias, ni se emitió un sello conmemorativo en su honor. Sus padres hicieron lo mismo que hacen los demás padres cuando están viajando y tienen que enfrentarse a un acontecimiento tan trascendental como es el nacimiento de un hijo; y lo hicieron con los medios de que dispusieron. De este manera, unos pastores del lugar, junto a algunos animales domésticos, dieron la bienvenida al Hijo de Dios a un mundo agitado, en medio de la oscuridad profunda de la noche que reina en un establo.

Y así empezó la historia. Conocemos muy bien todos los detalles. Jesús creció en un país ocupado militarmente; sus padres fueron refugiados algún tiempo. De joven, Jesús debió vivir prácticamente igual que los demás jóvenes de su tiempo. Pero hubo momentos en su vida que sorprendieron a más de uno. Por ejemplo cuando aquella afirmación misteriosa de que debía ocuparse de las cosas de su Padre. ¿Acaso no era su padre José, el carpintero? Detengámonos unos instantes y recordemos la respuesta que dio a su madre cuando le solicitó que sacara de apuros a sus anfitriones durante las bodas de Caná. Fueron palabras algo salidas de tono, por decirlo suavemente: “Mujer, ¿qué nos va a ti y a mí?

Sin embargo, conocer todos estos detalles de la vida de Jesús ¿cambia algo nuestra vida? Muchos repetimos machaconamente que Jesucristo es el centro y la pasión de nuestras vidas. Pero en la práctica, ¿qué significa esto realmente y qué prueba aportamos para apoyar nuestra afirmación?

A fin de cuentas, Jesús nunca dejó de sorprender a sus coetáneos. Y hoy lo sigue haciendo entre nosotros. Un ejemplo: Jesús decepcionó a las autoridades de su tiempo. Esperaban a un Rey victorioso y en su puesto vino un Siervo Sufriente. Como predicador itinerante, cuestionó con su propia vida la forma de vivir y pensar de ellos.

Para Jesús, el puesto era algo secundario; en su mente no cabían las leyes que ponían pesadas cargas a la persona y que oprimían el espíritu. Aunque se sintió cómodo en las casas de los ricos, su corazón estaba con los pobres. Vino a convertir los corazones de todos nosotros, pero empleó todas sus energías en favor de los pecadores, las prostitutas y los recaudadores de impuestos. Aún seguimos haciéndonos la misma pregunta: ¿Qué significa hoy realmente apasionarse por Jesucristo en la cotidianeidad de nuestra vida?

La respuesta la encontramos en la vida de María. ¿Se han preguntado alguna vez qué pensaría María la noche en la que nació Jesús? Lucas nos dice que el anuncio de Gabriel, nueve meses antes, le había dejado turbada. Hasta podríamos afirmar, exagerando un poco, que el mensaje del ángel no fue bien recibido, ya que además era portador de noticias alarmantes. A fin de cuentas, María era una jovencita judía que pensaba casarse y que tenía toda una vida por delante y en sus planes no entraba, en un principio, nada de lo que Dios parecía haber pensado.

Pero María estaba dispuesta a dar un vuelco a su vida y a responder a la invitación de Dios con audacia e incertidumbre. Hágase en mí según tu palabra, respondió.

¿Estamos hoy dispuestos a hacer lo mismo: a cambiar nuestros corazones, a cambiar nuestros planes, a cambiar nuestra forma de vivir y actuar para darle a Dios un lugar central en nuestras vidas? Y no a un Dios de nuestra propia hechura, sino a un Dios a quien no siempre entendemos y que no siempre resulta fácil de encontrar.

La confianza de Marcelino en la presencia de Dios fue su forma de repetir el Sí de María de la Anunciación. Y para prolongar este Sí hasta el día de hoy, deberemos pedir siempre la gracia de la conversión del corazón quienes reivindicamos como propio su carisma, para ser como el Fundador e imitar a María.

Hace casi un año, recibí una carta de uno de nuestros novicios. Me escribía poco después de visitar su noviciado. En su mensaje, se leían estas palabras: “Hermano Seán, durante su visita aquí la semana pasada, hizo una pregunta que yo no supe responder prontamente. Nos preguntaba qué era lo que personalmente nos interpelaba más durante el noviciado. Yo le he dado muchas vueltas a aquella pregunta y debo decirle que el mayor reto al que me enfrento en este momento y la gracia que ahora pido es: Ser suficientemente libre para enamorarme de Dios.

Hagamos nuestra esta oración durante este tiempo de Navidad: Ser suficientemente libres para enamorarse de Dios. Si lo hacemos así, podremos entender lo que significa apasionarse por Jesucristo y su Evangelio.

¡Feliz y dichosa Navidad a todos!

Hermano Seán D. Sammon

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