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Emili Turú - La Valla: casa de la luz

Emili Turú
Superior general



 

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Boletín marista - Número 194

 

Con los crucificados de la historia a la luz de la resurrección - Uganda
05.05.2005

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Algunas zonas del norte de Uganda son teatro de una sangrienta guerra civil y viven una de las situaciones de emergencia humanitaria más graves del mundo. Matanzas, abusos sexuales, saqueos y reclutamientos de niños soldado, están a la orden del día, mientras que la malnutrición, el SIDA y la alta mortalidad infantil son el resultado de una guerra olvidada por los medios de comunicación. Esta dramática situación ha sido presentada en un encuentro-debate tenido en Roma en marzo de 2005.

Hno. Onorino Rota



Un documental para describir la cruda realidad
El encuentro se inicia con la proyección de una película: las imágenes hablan por sí solas. Cada tarde, puntuales, y a la misma hora, cuando empieza a anochecer, millares de niños dejan sus casas de barro y paja para dirigirse hacia la ciudad de Kitgum. Como los porteadores de la sabana, sobre su cabeza llevan sacos, cestas o contenedores de agua. Se acercan al centro de acogida porque, lejos de Kitgum, ya no existe seguridad.
Los padres y las madres de los niños se quedan en las chozas para protegerlas de eventuales saqueos, para defenderlas de las incursiones de los rebeldes e intentar salvar el poco ganado o un saco de harina de sorgo que esconden celosamente. En cambio, los niños cruzan las verjas del hospital administrado por algunas asociaciones de voluntariado, extienden las esterillas bajo los cobertizo-refugio hechos construir por la Unicef y la Unión Europea. Si no llueve, encienden fuegos e intentan dormir. Al día siguiente, antes del amanecer, reemprenden la marcha hacia sus casas. Parecen fantasmas porque, para protegerse de la picadura de los mosquitos, se han rociado completamente el cuerpo con ceniza.
Llegarán a la aldea para comer un puñado de frijoles e ir al colegio. Por la tarde, regresarán al refugio. Los niños que cada día marchan hacia esos night commuters de Kitgum son más de diez mil.

¿Qué son los night commuters?
Es una expresión utilizada por el personal humanitario que significa literalmente el que se desplaza por la noche para ir a trabajar; pero es en la lengua acholi en donde encuentra todo su sentido el drama que se sucede en el norte de Uganda. Oring ayela significa literalmente quien escapa de la guerra. Y quienes se escapan son precisamente ellos, los niños.

¿Por qué vas a los night commuters?
Porque tengo miedo de ser capturado por los rebeldes. Muchos de mis amigos han sido tomados por los rebeldes y ya no han vuelto a casa (Patrick, 13 años). Para dormir sin pesadillas. En efecto, durante la noche, llegan frecuentemente los soldados a las aldeas para robar, matar y capturar a los niños y convertirlos en soldados que matan (Albino, 15 años).

¿Qué sucede en las aldeas?
En las aldeas, casi todas las noches, llegan los rebeldes. Son grupos pequeños, pero bien armados. Entran con violencia en las casas y hacen decir a la gente dónde pueden encontrar comida. La mayor parte de las veces toman aquello que necesitan y se van. Otras veces, sobre todo si están borrachos, destruyen e incendian todo. Una tarde, encontraron a tres niños y se los llevaron. Cuando encuentran niños, los destinan a la guerrilla ugandesa que tiene sus bases en Sudán.

Las pesadillas de David Okelo
Tengo 22 años y, desde hace dos, soy libre. He conseguido huir de la locura de Joseph Kony, el rebelde ugandés que hace capturar a los críos de 12-15 años para su ejército de liberación. He visto matar y no recuerdo a cuánta gente yo mismo habré matado. ¡Demasiada! He tenido que matar también a recién nacidos. Sólo debíamos capturar vivas a las chicas. Cuando los rebeldes me capturaron, tenía 15 años. Para habituarme a la muerte, yo y mis compañeros teníamos que dormir cada noche sobre los cadáveres. Ahora que soy libre, sigo combatiendo contra los espíritus de aquellos muertos que se agolpan en mis sueños. A menudo me despierto gritando y diciendo que no ha sido culpa mía, que he sido obligado... Si no lo hubiera hecho, me habrían matado.

Simón Itoo se define afortunado
Tengo dieciséis años; mi libertad se la debo a mi brazo derecho que me ha sido amputado. Durante una emboscada del ejército ugandés, una bomba me hizo trizas el brazo. Al final de la incursión, antes de dejar la aldea, los soldados pasaron entre los heridos para darles el tiro de gracia. Normalmente, no se enterraba nunca a los cadáveres, quedaban como pasto para los buitres. Creo que me desmayé y quizás por esto me creyeron muerto. Cuando se hubieron alejado, una mujer de la aldea me tomó y me llevó al hospital. De mis padres, por desgracia nunca he tenido noticias.

El error de Geofry Obita
Tengo 17 años. Mi error fue el de encontrarme en mi aldea cuando llegaron una tarde los rebeldes. Me acusaron de ser un soldado ugandés y, por esto, el jefe ordenó castigarme. Me ataron a un árbol y me cortaron los dedos, los labios y las orejas: debía servir de ejemplo para todos. Sé quién me lo ha hecho y dónde vive. No tengo nada contra él porque estoy seguro que fue obligado a actuar de este modo. Si no lo hubiera hecho, ahora los dos tendríamos amputados los dedos, los labios y las orejas.



Testimonios breves, conmovedores... Pero la gravedad de la tragedia no se percibe solamente comprendiendo las palabras. Son los rostros y las miradas de estos jóvenes que hacen intuir el drama que los ha golpeado y la pesadilla que los acompañará.
En una encuesta efectuada a 2500 alumnos de 20 escuelas de Kitgum, a la pregunta ¿Has sido secuestrado alguna vez?, el 47% respondió que al menos una vez, mientras que el 35% respondió: ¡Todavía no!.

Una desgracia que es la reedición de un guión ya representado en la Camboya de Pol Pot y que hizo dos millones de víctimas durante el régimen jemer. Pero existe una diferencia: aquí la matanza la realizan los niños. Según los datos recogidos por las Naciones Unidas, son al menos 27.000 los niños capturados. Sólo la mitad ha logrado huir y regresar a sus casas. Nadie sabe cuántos de estos niños han muerto en combate o han sido asesinados por sus propios compañeros.
Y esto sin aludir a lo que les ocurre a los adultos.

En la sala que albergaba el encuentro, había solamente un centenar de personas. Y mientras esta terrible realidad venía presentada allí y los testigos contaban las atrocidades padecidas, yo pensaba en las manifestaciones que en Italia se han organizado para honrar la memoria de los soldados muertos o para pedir la liberación de una periodista en Iraq.
Ciertamente, el valor de una vida humana no se mide con la misma balanza en todas las partes del mundo. Y cuando, en el así llamado primer mundo, se mata a una persona es un drama nacional, pero cuando, en el tercer mundo, se extermina a un pueblo entero, esta noticia se transforma a menudo en un dato estadístico normal.




Es un gran milagro que yo no haya renunciado a todas mis esperanzas porque parecían absurdas e irrealizables. Todavía las conservo, a pesar de todo, porque sigo creyendo en la íntima bondad del hombre. Me es imposible construir todo sobre la base de la muerte, de la miseria, de la confusión. Veo el mundo transformarse lentamente en un desierto, oigo cada vez más fuerte el acercarse del estruendo del cañón que nos matará, participo en el dolor de millones de hombres. Sin embargo, cuando miro al cielo, pienso que todo se cambiará de nuevo en bien, que también esta despiadada dureza cesará, que retornarán el orden, la paz y la serenidad.

Anna Frank

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