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Boletín marista - Número 213

 

Asomarse a los caminos de Asia iluminados con la luz de la fe
15.09.2005

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Marcelino y la lámpara
En el Hermitage, donde he vivido la gracia del retiro anual, me quedé contemplando la parte de la vidriera que decora la tumba de Marcelino en la que se glosa aquella intuición que un día tuvo Champagnat en ese lugar cuando su mirada y su corazón trascendieron el horizonte de los montes Pilat impulsado por el imperativo de la palabra de Dios “id y enseñad”, y dibujó una carta de navegación para la obra marista en la que “todas las diócesis del mundo entran en nuestros planes”.
Recuerdo ahora dos momentos en la vida de Marcelino en que se hace referencia a una lámpara. Uno. Marcelino le decía a María: “Si no pones aceite en la lámpara se extinguirá tu obra.” Y un día, confiando en que la Señora alimentaría la lámpara institucional con el aceite nuevo de abundantes vocaciones se atrevió a delimitar las fronteras de la misión marista: “Todas las diócesis del mundo entran en nuestros planes.” El otro. Cuando se debilitaban sus fuerzas poco antes de morir le dice al hermano que le acompañaba: “Hermano, se apaga la luz de la lámpara.” La lámpara que aguantaba la mano del hermano seguía ardiendo, con viveza. Eran la vista y la vida de Marcelino las que declinaban. Había llegado para Marcelino el momento de entregar el testigo. La luz de la misión seguía lozana.
A alguno le parecerá una locura mirar hoy hacia Asia, hacia nuevas parcelas de la viña del Señor, hacia nuevas diócesis y naciones donde no tenemos ninguna presencia como maristas, cuando los efectivos con los que contamos apenas pueden cubrir las bajas que produce el ritmo biológico de la existencia. Necesitaremos el aceite de más vocaciones. Y ejercitar una confianza en María como la de Marcelino. El mandato del Señor es siempre actual: “id y enseñad.” Champagnat tradujo el “id y enseñad” evangélico proponiendo para la naciente congregación una meta concreta, evaluable, como se dice hoy: “todas las diócesis del mundo”. Es patente que faltan todavía diócesis en las que concretar nuestros planes. Faltan todavía naciones donde enseñar. Hoy, a través de la VII Conferencia general se focaliza la atención en la voz y el rostro de Asia para fortalecer la fe y la misión.
Hoy la Congregación se siente mayor, biológicamente envejecida; muchos de sus miembros, después de una labor ardua, de una entrega generosa, presienten que llega el final y parece que la luz de la lámpara se apaga. Muchos, que apostaron su vida por nuevas diócesis, aquejados de aquella sed que sufrió el Cristo agonizante, que también fue suya en los momentos fervientes de la juventud, miran a su alrededor buscando a quién entregar el testigo de la misión en países y diócesis en las que han consumido sus mejores energías y no siempre encuentran a su lado al hermano del relevo que aguante en su mano la luz encendida de la lámpara. ¿Cómo mirar hacia Asia, el continente más vasto de la tierra, para encontrar a alguien a quien le interese la luz que ha iluminado nuestras vidas? ¿Puede ser atractiva para los hermanos ancianos una Conferencia general en los linderos de un continente remoto? ¿Qué les dice a los más jóvenes y a los que ya viven momentos de madurez?
El grito del Cristo moribundo “tengo sed” se ha interpretado muchas veces, y así se ha vivenciado en los mejores momentos de nuestra vida, como la sed de almas, como la sed todavía por saciar que siente el trabajador del Reino cuando ya se acaba la jornada, el sol de la vida llega a su ocaso y se mira a los campos y a la viña del Señor donde la tarea todavía es inmensa a pesar de haber sido de los de la hora primera y haber aguantado el peso de la jornada. El Cristo agonizante tiene sed. Muchos hermanos han muerto aquejados también de esta sed. Llegada la caída de la tarde, cuando la luz se apaga, como experimentó Champagnat, el mapa de nuestra presencia se dilata más allá del horizonte que hemos alcanzado y de los límites de nuestras fuerzas. La Iglesia, y la Congregación con ella, todavía están de camino y les acucia la sed porque se avizora una abundante cosecha de fe para el próximo milenio.
Hay en muchos hermanos y laicos un afán por saciar esta sed institucional. Esta es una de las claves de la convocatoria de la VII Conferencia general para acercarse institucionalmente a Asia. A medida que llegan muchos hermanos a la meta de su vida, cuando parece que la lámpara que aguanta el hermano junto a su cabeza ya no luce para sus ojos, se oye el clamor institucional: “Tengo sed”. Sed de que el evangelio sea llevado a las naciones que no lo conocen. Sed de presencias maristas en las diócesis en las que todavía no se ha cumplido el sueño de Marcelino. Pues todo le resulta posible a aquel que cree, y más aún a aquel que espera, y más aún a aquel que ama y más aún a aquel que en estas tres virtudes persevera. La VII Conferencia general es una propuesta institucional a nuestra fe, esperanza y caridad sobre los caminos de Asia.

Los maristas dirigen su mirada hacia Asia
La convocatoria de la VII Conferencia general marista en Sri Lanka desplaza durante un mes la presencia de los dirigentes del Instituto marista hacia el continente asiático. Y con ellos hermanos, postulantes, novicios y laicos dirigimos nuestra mirada hacia el continente más vasto de la tierra habitado por cerca de dos tercios de la población mundial. China e India juntas constituyen casi la mitad de la población total del globo.
Hoy he dirigido mi mirada hacia Asia acompañando el peregrinar de los hermanos Provinciales que llevan en sus carteras y en su corazón el palpitar de la Congregación marista por diversos países de este continente. A cada uno de ellos se le ha animado a hacer una peregrinación con los ojos y el corazón abiertos para sintonizar con el latir de la Iglesia que está en Asia y de los hermanos maristas que testifican con sus vidas la presencia del evangelio en ese continente. Alentado por ese buen ánimo de abrir nuevos caminos de evangelización que les mueve, yo también he iniciado una peregrinación contemplativa desde mi corazón hacia esos inmensos territorios intentando descubrir la riqueza que siempre se me ha quedado difuminada tras lejanas geografías ignotas, culturas plurales y distintas o religiones exóticas. Con confianza y mucha libertad os comparto las reflexiones que me suscitan algunos enmarques en los que se encuadra la convocatoria del acontecimiento institucional de la VII Conferencia general.
Sri Lanka es un alto en el camino entre el XX Capítulo general con el que nuestra institución inició el nuevo milenio “optando por la vida” y el XXI Capítulo general que coronará la primera década de ese itinerario hacia lo más vital y vivificante. Con mirada proyectiva me he quedado contemplando esos países que me hablan de presente que es compromiso, de pasado que es herencia y de futuro que suscita llamada y responsabilidad.
La convocatoria de la Conferencia general en Sri Lanka del 5 al 30 de septiembre de 2005 se propone como meta “suscitar la vitalidad del carisma y la misión marista hoy”. Es una propuesta dirigida especialmente a los líderes de la congregación, hermanos y laicos. Esta propuesta encomienda una tarea muy especial a cada uno de los hermanos Provinciales que asumen un liderazgo dinamizador particular en cada Unidad administrativa. Es una propuesta para suscitar la escucha del viento del Espíritu y sus solicitudes por esta Ecclesia que está en Asia y las llamadas del mundo que ha engendrado en esas latitudes culturas y religiones milenarias. Es una oportunidad para suscitar la iniciativa de quienes tienen la capacidad y la responsabilidad de crear propuestas para nuestras comunidades y obras en las que se acojan los planes de Dios para un nuevo capítulo de la historia de la Iglesia y de la Congregación. Y también es una oportunidad para cada una de las obras y comunidades de la institución. Hermanos y laicos tenemos una cita en la VII Conferencia general de Sri Lanka donde se hará un alto en nuestro caminar institucional para comprobar si el rumbo con el que navegamos es el que diseñó el XX Capítulo general. Pero también para “afrontar temas más ambiciosos”, como insinúa el hermano Seán Sammon en la carta circular de convocatoria. Hoy permanecemos a la expectativa.

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