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Emili Turú - La Valla: casa de la luz

Emili Turú
Superior general



 

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Boletín marista - Número 233

 

El asombro ante la vida - Presentación del Señor en el templo
2/2/2006

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Onorino Rota, fms


Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a los que se dice en la Ley del Señor.
Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón: este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Señor. Movido por el Espíritu, vino al templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la ley prescribía sobre él, lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel (Lc 2, 22-35).

El anciano y el niño
En el templo de Jerusalén, Siméon toma entre sus brazos al niño Jesús. No es un simple encuentro, es un verdadero paso del testigo entre dos generaciones. Ha esperado muchos años y ha creído, y aquí tiene la esperanza: pequeña como un niño, pero llena de vida. Simeón está colmado de gozo porque tiene la seguridad de que finalmente sus ideales se harán realidad en aquel niño.
No es fácil para el viejo que está arraigado dentro de cada uno de nosotros acoger al niño que está en gestación y quiere nacer en nosotros. Tenemos miedo de que el niño pueda traicionar al viejo, lo ponga aparte, le haga entrever horizontes nuevos que son siempre desestabilizadores Pero la novedad de Dios (una de las pocas cosas seguras que podemos decir de Dios es que es eternamente nuevo y eternamente joven) se revela bajo la semblanza de un niño, de cualquier cosa que sea inédita, y nuestro ser opone miedo, cálculo y resistencia. De esta manera no acertamos a acoger al Dios que viene. Tratamos de poner juntos lo viejo y lo nuevo; y mientras nuestra seguridad nos tiene anclados a lo que somos y tenemos, la novedad de Dios nos empuja a caminar hacia una nueva tierra, la que él nos indicará (Gn 12,1).
Pero todos sabemos que lo viejo muere y que sólo la novedad de Dios resiste a la usura del tiempo: mas ¡qué difícil es acoger el futuro cuando nos viene presentado en la fragilidad del presente! En aquel lejano 2 de enero de 1817 ¿estuvimos en condiciones de acoger aquella novedad que nos venía, o desdeñosamente pensamos si de La Valla podía salir algo bueno?

La persona y la estructura
La actitud de Simeón es ejemplar. Vemos en él a una persona sensible, atenta y disponible. Demuestra claramente que no está representando un papel, no está hundido o atrapado por la estructura, y es quizá por esto que se da cuenta que el que recibe entre sus manos no es uno de los niños habituales que debe circuncidar, sino Jesús, la luz del mundo. También Herodes ha tenido la misma oportunidad, pero atado como estaba a la estructura y al poder, ha visto en aquel niño una amenaza y un rival a eliminar.
Puede ser interesante discutir sobre la necesidad o no de las estructuras, pero quizá sea más útil preguntarnos qué atención prestamos a las personas. Las energías que tenemos ¿son para ayudar a crecer a las personas o para perpetuar las estructuras? ¿Nos preocupa más conservar lo existente o nos lanzamos a construir el futuro?
Sin incomodar a San Agustín (Confesiones, I, 1), me gusta recordar una máxima de A. Einstein: Debemos convencernos de que siempre podemos ir tras la verdad, aferrarla ¡nunca!. Esta intuición nos puede servir para quitarnos de encima ese resto de narcisismo (o triunfalismo) que nos empuja a considerar bien hecho sólo lo que nosotros acertamos a realizar. Pero la vida y el futuro se siembran, cuando se recogen significa que ya no existen.

Ojos que saben leer
Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz, porque han visto mis ojos tu salvación .
En el templo seguramente había muchas personas, pero ¿quién acertó a acoger la salvación que se manifestaba en aquel niño? Ciertamente muchos habrían ido al templo para encontrar al Señor, pero él pasó por en medio de todos y ellos no supieron acoger su presencia. Alguno echaría una mirada rápida a Jesús, otro se pararía un instante para hablar brevemente con José y María, se intercambiarían los saludos de costumbre y después... se iría a rezar a su Dios.
Qué difícil resulta acoger la esperanza, la salvación, la alegría... cuando está naciendo, cuando todavía no ha alcanzado la evidencia, cuando no tiene el imprimatur canónico. La fe de Abraham no es ciertamente cómoda, pero la de Tomás corre el riesgo de ser ridícula. No reinaba la paz en tiempo de Simeón y hoy tampoco han mejorado las cosas. La salvación, entonces como hoy, no estaba plenamente realizada, la alegría de Israel no despuntaba, ni brilla todavía en nuestro cielo, pero Simeón acoge en aquel niño la paz, la salvación, la luz y la gloria.
Cuánto nos cuesta acoger las semillas de esperanza, de vida... que nacen en nosotros, sin embargo, sin ese ejercicio, resultará casi imposible percibir a los que florecen a torno a nosotros, en nuestro ambiente, en los demás... Corremos el terrible riesgo de habituarnos también a nosotros mismos y, en consecuencia, de comportarnos... como viejos. Sabemos que estamos hechos de una determinada manera y corremos el riesgo de acomodarnos, y de considerar la vida más como un tesoro a conservar que un don a desarrollar. Por eso, si queremos escoger la vida, debemos cultivar más la iniciativa que la archivística.

Aceptar con paz la novedad de vida
Deja, Señor, que tu siervo se vaya en paz. Simeón ha acogido la señal que Dios le ha enviado y se retira en paz. Es el camino normal de la vida, la sabiduría del hombre maduro y la serenidad del santo.
Irse en paz porque se ha cumplido con coherencia y gozo la voluntad del Señor. Irse en paz para permitir a los que vienen luego acoger los signos de los tiempos y ser, a su vez, fieles en la respuesta. Irse en paz sin defender líneas o posiciones del pasado porque la mirada está puesta en el futuro. Irse en paz porque se está en paz y porque Dios es el que conduce la historia, toda la historia, no sólo la mía.
¿Está dentro de nosotros la espera de Simeón? ¿Deseamos que venga el Señor? ¿Gritamos: venga tu Reino a nosotros y en torno a nosotros? ¿Confiamos en el mañana de Dios que es el único mañana verdadero? ¿Estamos en condiciones de abrir los ojos para afrontar la jornada con alegría, superar la rutina, evitar las etiquetas y los prejuicios fáciles? ¿Acertamos a descubrir la novedad a pesar de las apariencias? ¿Qué mecanismos de crecimiento ponemos en marcha para alabar al Señor y hablar del niño al mundo que nos circunda, aunque seamos, como Ana, de edad avanzada? ¿Por qué nos resulta tan fácil recordar y contar nuestra historia gloriosa, y tan difícil construir una gran historia?
Parini nos recordaba que mal sirve ilustre sangre al ánimo que languidece y yo querría aplicar este duro comentario a la vida consagrada, pero me gusta recordar lo que el Superior General escribía en su circular Una revolución del corazón:
¿Estamos convencidos de que la revitalización de nuestro estilo de vida es posible? ¿Estamos dispuestos a dedicar tiempo y esfuerzos a hacerlo realidad entre nosotros? Si la respuesta de la mayoría es no, sea de palabra o por los hechos, entonces ya no tendremos que inquietarnos por el futuro de nuestro Instituto. Con toda probabilidad no durará más allá de la presente generación (Seán Sammon, Una revolución del corazón, págs. 20-21).

Gracias, María, porque has acogido la novedad de Dios
sin pretender tener un anticipo de ella.
Gracias porque le has dejado actuar según sus planes.
Gracias porque nos ha revelado que nada le es imposible.
Gracias porque has creído en el cumplimiento de su Palabra.
Gracias porque nos has dado a Jesús,
fruto siempre nuevo del amor de Dios para ti y para nosotros.
Amén.

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