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Boletín marista - Número 258

 

A propósito de la vocación - Blog marista
03/08/2006

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La sección blogs de la página web www.champagnat.org, iniciada a partir del mes de mayo, ha aportado algunos temas de reflexión que han merecido el interés de los lectores. Pensamos que también merecerán la atención de los lectores del Boletín. Hoy recogemos aquí un primer aporte de varias reflexiones del hermano Théoneste Kalisa, Consejero general, acerca de las vocaciones. Al difundir estos contenidos por este medio pretendemos también animar a nuestros lectores a enviar sus comentarios a los blogs a través de la web.

Visibilidad
Existe una controversia latente en nuestra espiritualidad. Champagnat nos invitó con frecuencia a llevar una vida oculta. Casi todos nosotros hemos sido formados en la virtud de la vida escondida. Pero, he aquí que ahora nos vemos interpelados por la necesidad de ser visibles. Pienso sobre todo en el trabajo de la pastoral de las vocaciones.
La historia de la Iglesia muestra aspectos contrarios cuya conciliación fue propuesta como elemento de armonía en la espiritualidad. Los Padres de la Iglesia hablaban de “ebriedad sobria”, de “sueño vigilante”, etc. Quizá fue debido a eso que no me sorprendí cuando un miembro de una rama marista me reveló que en los orígenes comunes la “vida oculta” se contemplaba y se aconsejaba incluso como el medio más seguro de conquistar el mundo. Lo cual significa, cuando menos, que esa expresión habrá experimentado un deslizamiento de sentido.
Pero volvamos al punto controvertido. Ocultos o visibles, ¿con qué nos quedamos?
Hoy creemos que la visibilidad de un hermano marista es necesaria para dar testimonio, para la pastoral vocacional y la evangelización. Así que optamos por ser visibles. Y queremos hacerlo sin nostalgia, sin lamentos, sin timidez. Pero también es cierto que la “vida oculta” forma parte de nuestro patrimonio espiritual. Es una de las intuiciones fundamentales de nuestros pioneros. Así nos lo han enseñado de diversas formas y hasta se le ha atribuido el éxito del Instituto con frecuencia. No podemos ignorarla por completo, de repente, ni extirparla de nuestros documentos, de nuestro lenguaje marista. Eso sería una huída hacia delante que dejaría un agujero abierto y una interrogación inquietante.
¿Qué hacemos entonces? Hay razones para creer que, a imagen de la fe cristiana que a través de la historia se ha renovado y se ha reformulado siempre, nosotros tenemos que redefinir las intuiciones de nuestros orígenes con el lenguaje de ahora. Esto significa y comprende también el complemento de sentido que nace de la experiencia espiritual del instituto. Los pasos que damos por ese lado nos conducen de forma plena a una fidelidad creativa.
Creo que la visibilidad que queremos es, ante todo, un signo profético. Queremos ser señales, sin error posible, del camino hacia Jesús. Esa visibilidad queda arruinada si está manchada por la vanidad, exhibición o narcisismo. Nosotros queremos identificarla con y a través de una “visibilidad discreta”. Sí, la vida oculta será siempre una virtud entre nosotros, nuestra virtud. Será ciertamente la marca distintiva de nuestro modo de hacernos visibles; una presencia vigorosa, activa, pero sin buscarnos a nosotros mismos, sin ruido, ¡como María !



¡Destello!
Queremos promover una cultura de la vocación entre nosotros, en nuestras comunidades. Desde el punto de partida preguntamos cuáles son las posibilidades de una iniciativa semejante.
La palabra cultura es de uso corriente hoy día. Sabemos lo que significa. La empleamos a menudo en sentido positivo y constructivo.
Estamos a punto de terminar un Año marista de las vocaciones. El entusiasmo suscitado y la creatividad desplegada a lo largo de este año son inequívocamente un signo de vitalidad del carisma de Champagnat. Siguiendo esa estela el Superior General ha creado un secretariado de vocaciones a nivel de Instituto.
Se diría que todo está a punto para la eclosión de la cultura de la vocación. Pero en realidad, todavía nos hace falta un algo. Pero, ¿qué? Humm…. Aún hay oscuridad delante de nosotros. Necesitamos una lucecita para ver, el espacio de un instante. Nos hace falta un destello, ‘esta nada de la que todo surge’. Pero ¿cómo lo conseguimos?. Por medio de tu “Sí” y de mi “Sí”.


A propósito de la cultura de la vocación
Hablando de San Francisco de Asís los italianos dicen a menudo con entusiasmo: « Éste es un santo verdaderamente italiano » En una biografía de San Vicente, después de hacer una descripción de la personalidad social y religiosa de este santo, el autor concluye: « estamos ante un santo típicamente francés » Ante estas afirmaciones yo diría « sí, pero … », en tono comprensivo y amable. Un santo pertenece a toda la Iglesia, la cual lo propone como modelo a todas las personas de buena voluntad.
Pero ¿qué tiene que ver esto con la cultura de las vocaciones?
Si « la cultura de la vocación » es la punta de lanza de nuestra pastoral vocacional de cara a los próximos cuatro años, será preciso que aclaremos el lenguaje que empleamos en este terreno. A este respecto algunos hermanos me han hecho observar la ambigüedad que crea la definición ‘cultura es una adaptación al entorno’, que yo he empleado en un artículo.
Apelo a los grandes santos que he mencionado antes para decir que la adaptación al entorno no puede significar cualquier tipo de complacencia con la mentalidad ambiental, sobre todo la que va en sentido contrario al sentido cristiano de la vocación. San Francisco y San Vicente eran hombres bien adaptados a su contexto. Por eso los dos interpelaron a su sociedad con una voz que aún resuena con claridad en nuestros días.
Nuestra cultura de la vocación debe ser también una adaptación a nuestro entorno. Pero, digámoslo honestamente, hablamos de una adaptación profética. Nos comprometemos a una adaptación que nos interpela a nosotros mismos, en nuestro interior, y que interpela también y hace despertar a los que con nosotros comparten las alegrías y los retos de nuestro tiempo.

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