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Boletín marista - Número 260

 

Entrevista al Padre Amador Menudo, afiliado al Instituto
01/09/2006

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El Padre Amador Menudo ha venido a Roma y ha permanecido en la Casa general durante algunos días. Es afiliado al Instituto. Su personalidad franca y campechana nos ha permitido compartir con él momentos de familiaridad recordando su colaboración pastoral con los hermanos de Sevilla. Guarda un recuerdo especial de aquellos meses que estuvo al lado del hermano Basilio Rueda por América colaborando en retiros y encuentros con hermanos. Reconoce que la edad le ha mermado posibilidades, pero todavía colabora como Delegado de arte de toda la diócesis y de Catequesis. Fue presentador de programas de radio y de TV religiosa. Le hemos abordado con nuestra grabadora y nos ha dejado este hermoso testimonio.

AMEstaún ¿Cómo empezó la relación con los hermanos?
Padre Amador Menudo. Nací en una familia muy cristiana y desde niño comencé a comulgar todos los días; fui miembro de los “sises” de Sevilla, cantor,... y me hice célebre. Después me despisté un poco hacia los doce años porque andaba tras las niñas. Pero también me llamaban mucho la atención los seminaristas y un día dejé un caballo y una rubia y con trece años me fui con los seminaristas y les dije: “Quiero ingresar en el seminario”. Yo no conocía todavía a los hermanos maristas, pero comencé a conocerlos cuando vine a Roma para estudiar; en la universidad eran los servidores de todos teniendo a punto los apuntes, las colaboraciones...; eran los más files servidores de todos los estudiantes. Y, en cuanto que llegué a Sevilla, me echaron mano y entonces empecé a celebrar misa para niños y jóvenes en los colegios; entonces había separación de niñas y niños. Yo había estudiado moral y comprendía que antes que todas las reglitas de la liturgia había una regla suprema que era que los que viven alrededor vivan la liturgia viva y alaben a Dios, en la clase, en el trabajo.

¿Esos eran los años...?
Los años 69, 70...

En plena euforia del Concilio Vaticano II
Sí. Aunque yo me anticipé al Concilio porque salía de joven por todo Roma sacando el dedo, haciendo autostop y me enteraba de todo, volvía al seminario y traía ideas nuevas e influía en todo el seminario, incluso en los mayores...

Y ahora, después de cuarenta años del Concilio, ¿cómo ve esa realización de la Iglesia?
Yo soy muy optimista. Primero, tengo la visión del Evangelio de mirar el mundo no como malo sino como lo veía Jesús, con lástima, como ovejas sin pastor; la mies es mucha y los obreros pocos... Jesús no decía que el campo está sin sembrar, que no hay sembradores, que no hay nada. Decía: las espigas están tan en flor de cosecha que faltan brazos para recoger a tanta gente buena que hay, tanta bondad como hay en el mundo. Pienso que la gente es buena...; hay malos también.

El Concilio, ¿reforzó esa visión de bondad, esa visión optimista?
Sí, sí, sí. Yo pienso con Teilhard de Chardin que “todo el mundo va hacia el punto Omega”, hacia arriba, en una línea ondulante, un poquito para abajo, un poquito para arriba, pero todo va a mejor; la liturgia va a mejor; los sacerdotes que han quedado van a mejor; los hermanos maristas más, más humanos, más sencillos, más humildes... Creo que el mundo es más bueno, creo que el Señor ha muerto para limpiar los pecados del mundo y levantar a todos, no ha venido para condenar al mundo sino para levantarlo, y la resurrección de Jesús se nota que está entre nosotros.

Con los hermanos se inició en atención pastoral en los colegios, ¿en qué colegios se inició?
Bueno, en los colegios de Sevilla, primero; después con los seglares, a los que daba conferencias y mis ideas resultaban novísimas, porque yo he sido un alumno predilecto, predilecto porque me mandaron para hacerme canónigo, pero he podido salvarme de hacerme canónigo, no me sentía como para vestirme de rojo, o de seda, y eso, entonces quería trabajar con la gente, con los jóvenes, con la gente sencilla, y entonces el Padre Haering me cogió, me confesaba, me dirigía, me dirigió la tesis y estudié moral porque yo quería saber qué tenía que decir al Pueblo de Dios, el mensaje de la alegre noticia del Evangelio pura y clara; entonces empecé a hablar a los seglares y mi mensaje resultaba novísimo y me escuchaban, me invitaban a comer para seguir hablando y a partir de ahí comenzaron escuelas de padres en los colegios, en todos los colegios de los religiosos... también en los colegios maristas.

El hermano Basilio Rueda le invita, en un cierto momento, a colaborar con él en la animación pastoral de los hermanos. Esa fue una experiencia especial de su vida como sacerdote.
Bueno, porque yo con los hermanos maristas actuaba sobre todo con los de la Provincia Bética, pero el hermano Basilio ya comenzó a llevarme por España, América del Norte hispano parlante y luego por el resto de América hasta Chile y Argentina dando cursos de oración. El hermano Basilio era..., -yo sabía que trataba con un hombre que subiría a los altares, lo sabía- era heroico en todo. Dormíamos dos horas, dos horas y media... Al principio de la mañana comenzábamos a recibir a los hermanos hasta las dos de la madrugada... Yo con él tuve un trato profundísimo. Pasamos noches enteras atravesando los mares en el avión y hablábamos profundamente todas las cosas.

¿Qué experiencia especial tiene del trato con los hermanos en estos encuentro, en estos retiros? ¿Recuerdas alguna anécdota especial que te dejó marcado, que influyó en tu vida de alguna manera especial?
Bueno, a mí los hermanos me han edificado siempre, me han edificado siempre, porque los he visto personas muy cultas, con mucha sabiduría, mucha carga de bondad y de... categoría; pero con una humildad tan tremenda que me ha encantado la vocación marista porque eso es... lo que la gente quiere, ver cómo está la Iglesia al servicio de la gente y no subida, con títulos y curas predominantes y que se ven superiores a los demás. Nosotros no somos ni dueños de la Iglesia, ni dueños de la vida, ni dueños de las obras, ni dueños de la parroquia; somos servidores del pueblo, estamos al servicio del pueblo, al servicio de lo que la gente quiera.

Los hermanos en un cierto momento de su vida le afilian al Instituto. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Cómo vivió ese momento?
Lo viví aquí en Roma y fue para mí una maravilla. Y además me emociona cuando veo que en los calendarios religiosos de los hermanos de España está mi nombre. Pasado mañana, que va a ser mi cumpleaños, dirán: “¡El Padre Amador Menudo, afiliado al instituto, oremos por él!” Y los hermanos orarán por mí. Yo oro todos los días por ustedes. Y aquí en Roma he aplicado la misa por todos ustedes para que estén unidos a mí y a los estudiantes del seminario que han venido conmigo que ya desde este momento empiezan a ser también servidores de los maristas; donde quiera que estén serán servidores de las obras maristas porque ya han conocido lo que sois.

Usted es muy amigo del Padre Manuel Portillo
Sí, muy amigos; y los dos estuvimos con el hermano Basilio Rueda al servicio de los hermanos, de modo que cuando uno no podía atender las solicitudes de los hermanos el otro realizaba la suplencia. Ambos seguimos colaborando con los hermanos maristas para todo lo que nos piden. Pero el Padre Portillo y yo tenemos trabajos distintos en la Diócesis. Él anda con las misiones y yo soy delegado del obispo para dos cosas; Delegado de arte para toda la diócesis y Delegado de la catequesis.

Qué experiencias guarda de sus años como profesor del seminario.
Estuve veinte años de profesor en el seminario y lo dejé porque me encargaron los programas de radio y televisión. Por eso tuve que dejar las clases. Enseñando a la gente me encontraba muy feliz. Algunas veces me encuentro con sacerdotes que me dicen: “Usted fue mi profesor”, y me besan las manos y son sacerdotes. Y le digo, “pero, ¿cómo?”. “Es que su palabra me ha hecho comprender cómo tengo que predicar a Jesucristo”. ( Se ríe) ¡Ya estoy viejo!

Cuántos sacerdotes son sus antiguos alumnos de las clases del seminario
En veinte años, ¡que sé yo cuántos! Además estuve ocho años de formador y padre espiritual de seminaristas. Ahora, de tanto hablar, las cuerdas vocales ya se me han gastado y no pudo dar charlas a multitudes ni en salones grandes o teatros como hice en muchas ocasiones, ¡y sin micrófono! He estado hablando desde recién ordenado y he gastado las cuerdas vocales. De niño era solista de los seises de la catedral y cantaba, he cantado en el Vaticano sin micrófono en los años setenta con la voz muy fuerte.

Dice el dicho popular que “en el mucho hablar no faltará pecar”.
Pues sí, es verdad; se equivoca uno mucho cuando habla tanto. (Ríe) Ahora me ha tocado..., yo tenía vocación de monje cuando era joven, quise entrar de monje pero la vida y la Iglesia me pidió que... y cuando vi la necesidad de la gente me lancé; dormía tres o cuatro horas nada más, vivía entregado, no podía más y apoyaba la cabeza en el colchón para dormir siquiera tres minutos, porque era agotador... Y ahora el obispo me dijo: “Descansa un poco”. Entonces, ahora vivo en silencio. Todos mis seres queridos han muerto. Van a verme hombres, mujeres..., a hablar conmigo, a consultarme. Y vivo en mi casa solo; el silencio es mi delicia. No escucho música, aunque me gusta mucho, porque estudie la carrera de música, de canto, de dirección de coros...; hice escultura y pintura, pero ahora ya no; apenas leo pues con lo que tengo ya me alimento. Entonces, mi vida de ahora la dedico a la oración, la contemplación y el silencio. El silencio es mi borrachera diaria.

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