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Boletín marista - Número 270

 

Blog marista – H. Pau Fornells
16/11/2006

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Hoy recogemos aquí varias reflexiones del hermano Pau Fornells, Director del Secretariado para los laicos, acerca de los laicos maristas.
Al difundir estos contenidos por este medio pretendemos también animar a nuestros lectores a enviar sus comentarios a los blogs a través de la web.

Carisma, espiritualidad y misión son inseparables
13/11/2006

¿Se puede “ser marista” sin una vinculación directa con la misión que Marcelino intuyó como voluntad de Dios para él y los primeros hermanos?
Es obvio que para los hermanos esto es incuestionable y así lo definen perfectamente nuestras Constituciones: “(Marcelino)… fundó el Instituto para educar cristianamente a los niños y jóvenes, en especial a los más desatendidos” (C. 2c).
Pero, ¿y para los laicos maristas? Aquí las opiniones no parecen ser tan unánimes; al menos, no parece que las ideas estén tan claras. Algunos defienden que la misión por antonomasia de los laicos maristas está en la propia familia, en su trabajo en el mundo secular y su proyección evangélica al círculo de personas que constituyen su ordinario entramado social; eso sí, todo ello empapado de la vivencia de la espiritualidad marista al estilo de Champagnat.
Bastantes fraternidades maristas del Movimiento Champagnat no se plantean en sus proyectos comunitarios ninguna actividad relacionada con “la educación cristiana de los niños y jóvenes, especialmente los más abandonados”. Algunas se lo plantean sólo accidentalmente: recogida de fondos para alguna acción solidaria, participación en actividades de la obra marista más próxima, oración continuada por la labor que desarrollan los hermanos y profesores, etc. Cuando digo “accidentalmente”, no me refiero tanto a la importancia de las acciones, sino a que no hay una toma de conciencia fuerte de lo esencial de esta misión.
En cambio, otros grupos o fraternidades no consiguen entender su vocación marista sin sentir vibrar su corazón para que cada niño y joven sean amados y educados como verdaderos hijos de Dios, y ponen toda su creatividad al servicio de una misión única y compartida con los hermanos.
¿Dónde podemos encontrar la respuesta a esta controversia que amenaza la claridad de una identidad de la vocación marista laical?
Creo que todos estaremos de acuerdo que la verdad debemos buscarla en la propia Iglesia, que es Madre y Maestra, según palabras del beato papa Juan XXIII. Pues bien, a la luz de la teología y eclesiología actual, refrendada desde los documentos del Concilio Vaticano II hasta la exhortación apostólica “Christifideles Laici” (Cfr. Nº 2 y 33), la Iglesia se muestra unánime en afirmar que carisma, espiritualidad y misión son inseparables.
En las familias religiosas y los nuevos movimientos eclesiales, lo que está en su origen es siempre la misión y el carisma (don de Dios) que nos atrae hacia ella y nos inspira las respuestas adecuadas a cada tiempo y lugar. De ahí nace la espiritualidad, que no es algo desencarnado y extraño a la misión. Sin misión no hay espiritualidad, pues ésta es la propia y peculiar vivencia de la misión. Los grupos “piadosos” desinteresados de la misión pertenecen a un falso pasado, pues la misma Iglesia sólo puede definirse por la misión que el mismo Jesucristo le confió.
Si nos asociamos (igualmente religiosos y/o laicos) es para la misión, con un carisma común (en nuestro caso el marista según Champagnat) y desde los carismas propios de la vida religiosa o de la vida laical, las vocaciones específicas y los dones particulares. Pero no hay forma de vivir la espiritualidad, que ha sido engendrada desde un carisma (don del Espíritu), al margen de la misión para la cual existe dicho carisma. A menos que reduzcamos la espiritualidad a ciertas devociones y ejercicios piadosos.
Otra cosa diferente y perfectamente admisible es la existencia de grupos más contemplativos que activos (puede ser el caso de personas mayores, enfermos, o vocaciones especialmente llamadas a la contemplación), pero, en todos estos casos, “siempre” la motivación central de la contemplación es la misión y, por tanto, el interés por su situación actual, sus necesidades, dificultades, alegrías, etc.
Y otra cosa, que también hay que tener en cuenta, es la enorme diversidad de tareas en las que se concreta la única misión de todo carisma. Por ejemplo, no debemos confundir la misión marista que Dios propuso a Champagnat a los primeros hermanos, que es única y clara, con el gran abanico de tareas apostólicas que caben dentro de la misma y que el mismo Espíritu Santo está recreando constantemente en cada tiempo y espacio, adaptándola a las necesidades del mundo y a los dones personales recibidos.



¿Qué quiere decir ser laico marista?
03/11/2006

No deja de sorprenderme que, una y otra vez, esta pregunta siga asomando en muchas reuniones maristas a lo largo y ancho de los cinco continentes. Sigue habiendo problemas para identificar quiénes pueden considerarse “verdaderamente” laicos maristas al estilo de Champagnat. Y el problema no se da sólo entre los hermanos, también hay muchos laicos que se hacen la misma pregunta.
La cuestión es tan importante que el último Capítulo General (2001) menciona hasta cuatro veces la necesidad de profundizar en nuestra identidad específica de hermanos y de laicos (Optamos por la vida, nº 24, 29, 44.6, 47.2). Siguiendo estas directrices, el actual Consejo General determinó nombrar una Comisión compuesta por laicos y hermanos (enero 2006), para que redacte un documento sobe la vocación del laico marista, que incluya una descripción de los rasgos de su identidad, los posibles modos de asociación del laicado y su vinculación al Instituto.
¿Cuáles son, pues, los rasgos distintivos que permiten definir y detectar quién es un verdadero laico/laica marista?
Aun con el riesgo de poder ser considerado simplista o apresurado, quisiera compartir unas pistas que, personalmente, me parecen muy claras en este asunto. Por la brevedad del espacio, no voy a hacer aquí distinciones teológicas entre vida laical y vida religiosa, aunque sean muy interesantes y necesarias. Tampoco voy a hacer un elenco de los diferentes grados de compromiso que pueden darse en todo laico o laica marista, que posiblemente dependan de muchas circunstancias de la propia vida de cada uno.
Para mí, el elemento prioritario para toda definición de vida marista, sea ésta laical o religiosa, está en la conciencia de la propia vocación bautismal (seguimiento de Cristo), concretada en la adhesión apasionada al carisma que Dios concedió a la Iglesia a través de Marcelino Champagnat y los primeros hermanos. Todo lo demás podrán ser pasos previos de conocimiento, interés, admiración, reconocimiento, colaboración, cariño, nostalgia de tiempos gozosamente vividos, etc., o podrán ser ya concreciones posteriores, como la asociación, la posible vinculación jurídica, las formas concretas de vivir la misión…
Cuando unos hombres y unas mujeres se sienten fuertemente atraídos y fascinados por ese estilo de vida (espiritualidad) que inauguraron Marcelino y los primeros hermanos, y se sienten identificados con su misión (la pasión por la educación cristiana de los niños y los jóvenes, especialmente los más abandonados), Dios les está proponiendo ser continuadores de ese camino marista, les está llamando a “ser maristas”, independientemente de su llamada a la vida laical o a la vida religiosa. El proceso es: vocación bautismal, que incluye la vocación humana, vocación marista, y vocación laical, religiosa o presbiteral. Evidentemente, la toma de conciencia de esta vocación no viene necesariamente en una sucesión de tiempos desconectados y en este orden propuesto.
Igual que, a lo largo de casi dos siglos, Dios ha ido llamando a los hermanos, hoy, con la misma fuerza y radicalidad, también llama a los laicos a vivir plenamente esta vocación de “ser maristas”. Y cuando estos laicos y laicas se hacen conscientes de esa especial y maravillosa llamada, regalo del amor y predilección que les tiene el Señor, entonces, sienten la fuerza (carisma) de querer responder con “un sí total y para siempre”, y nace el laico y la laica marista.
No se trata de una vocación de segunda categoría, menos radical, supeditada a la dirección de los hermanos, de carácter sólo temporal (para cuando tienen tiempo y ganas). ¡No! Esa vocación tiene tanta fuerza como la del hermano, implica la vida entera y le da su misma razón de ser. Uno ha encontrado el tesoro de su vida.
Eso sí, esta vocación marista deberá ser vivida desde su estado de vida laical, implicados en las tareas seculares de la construcción del mejor mundo posible, aquí y ahora; mientras, los religiosos hermanos, lo intentamos hacer desde la vivencia de unos votos que nos hacen ser signos de un Reino que también es parusía y, por tanto, siempre está más allá de los mejores esfuerzos humanos, regalo de Dios que trasciende todo lo imaginado. Los laicos maristas privilegian la inmanencia de Dios en este mundo, mientras los hermanos debemos mostrar la trascendencia de un Dios siempre mayor. Laicos y hermanos, conscientes de nuestra especificidad, pero hermanados en una única y maravillosa misión: llevar a los niños y a los jóvenes, de la mano de María, hacia Aquél que es el único Camino, Verdad y Vida: Jesucristo Nuestro Señor.


¿Relación “empresarial” entre hermanos y laicos maristas?
31/08/2006

Algunos de los últimos comentarios al Blog han tratado sobre el tema de la relación entre hermanos y laicos maristas cuando éstos mantienen un tipo de contrato profesional en una obra propia del Instituto de los hermanos. Ciertos hechos de la vida ordinaria parecen atestiguar que dicha relación no es tan fácil ni para unos ni para otros. Aparecen entonces ambigüedades, recelos, malentendidos, miedos, discrepancias y antagonismos, que llegan a veces a desembocar en rupturas dolorosas.
La pregunta es, pues: ¿Es posible vivir plenamente la vocación de laicos y hermanos maristas, asociados al carisma, la espiritualidad y la misión, y a la vez vivir correctamente una relación de trabajo que debe enmarcarse en una ética profesional, en las normas del código de trabajo y en las recomendaciones de la Doctrina Social de la Iglesia?
Si nos fijamos en algunos de los comentaros al Blog, se pueden dar los dos extremos: desde considerar a la mayoría de los laicos, que trabajan al lado de los hermanos, como unos materialistas aprovechados, hasta dar por sentada cierta prepotencia de la institución o, al menos, la indefensión con que se encuentran los laicos maristas ante ciertas decisiones de algunos hermanos.
A tal efecto, en esta reflexión me gustaría partir de alguna de las preguntas que nos lanza valientemente uno de nuestros comentaristas, después de dejar bien claro que se siente ligado a la Familia Marista:
• Si no hubiera disminuido tanto el número de hermanos en el Instituto, ¿se estaría dando esta reflexión sobre el proceso de participación del laico en las obras maristas?
• En el día a día, ¿hasta qué punto la voz de un laico es realmente escuchada y valorada, aun cuando sea discordante con la manera de llevar la dirección de una obra marista o en las políticas de una Provincia?
• ¿Por qué es prácticamente imposible desligar a un hermano del Instituto, aun cuando es evidente para todos que obra contra los intereses maristas, y a lo sumo se le cambia de comunidad o se le da un viaje de estudios, y en cambio se echa tan fácilmente al laico cuando no es del agrado de la dirección de una obra, por mayor que haya sido su compromiso marista y por muchos años que haya trabajado en la misma?

Son preguntas fuertes que quizás no nos guste tratar a algunos. Pueden sonar a revancha, a heridas no curadas; puede ser que las minimicemos, diciendo que son casos aislados; pero sin lugar a dudas están apuntando a un tema vital en la relación entre hermanos y laicos, del cual depende la buena marcha o no de la misión marista. Según los datos que poseo, junto a los 4.200 hermanos que somos en la actualidad trabajan alrededor de 40.000 laicos, por lo que es un punto que no podemos soslayar.
Aunque voy a dejar el tema abierto a vuestros comentarios para aportar más adelante mi contribución, quisiera precisar de entrada dos puntos que nos pueden ayudar a enmarcar correctamente nuestra discusión:
1. Estamos hablando de una relación entre maristas (laicos y hermanos); no entre patronos y empleados. La segunda relación, aunque fuera muy interesante tratarla -y me remito a la Doctrina Social de la Iglesia-, nos alejaría de lo que verdaderamente queremos tratar en este Blog. Por tanto, partimos del término “sentirnos maristas”, el cual presupone una llamada (vocación) y una respuesta (compromiso). Al respecto quisiera remitirles a algunas ideas que ya desarrollé en mi primer Blog.
2. Debemos partir de un verdadero diálogo y no desde susceptibilidades personales o gremiales, intentando “ponernos en los zapatos de los otros”: los hermanos en los de los laicos y viceversa.
Al respecto, quisiera aludir a algunas de las expresiones tan acertadamente expuestas por otro de nuestros comentaristas:
“La clave está en la forma de relación con el laico (y con el hermano). Implica construir una cultura del compartir, de hacer muy firme el espíritu marista, pero esto en todos los espacios, por tanto sin restricciones, pero manteniendo independencia y autonomía. El contacto más cotidiano, en muy diversos espacios, que permite el reconocimiento mutuo, el intercambio en lo común y lo diferente, el compartir vida y misión, el diálogo, el poder participar de la oración, de la cotidianidad, de los trabajos, el vivir cerca los unos de los otros, nos ayudarán a aclarar, precisar y sobre todo vivir, y llegar a compartir lo más importante: el sentido marista de la vida, de la misión y, por ello, el amar y seguir a Jesucristo, todo a los ojos de nuestra Buena Madre”.
Ayudémonos entre todos a buscar caminos de encuentro y no de desencuentro. Dios lo quiere y muchos niños y jóvenes están esperando los frutos de nuestro trabajo.


Sobre el “saber llegar” a los jóvenes adultos maristas
25/07/2006

Estoy agradablemente sorprendido por los abundantes y profundos comentarios al Blog. Poco a poco, laicos y hermanos, se atreven a compartir con los demás estos temas que tocan algo vital en todos nosotros. Es Dios quien se está haciendo presente en medio de esta comunicación. Es lo que deseo y es lo que palpo. Me han hecho mucho bien los aportes recibidos hasta la fecha y me proporcionan abundante material para seguir reflexionando con vosotros.
Uno de los temas que ha suscitado interés ha sido el compromiso de los jóvenes adultos maristas. Quisiera seguir hoy con este tema, pues considero que algunas de las contribuciones dadas han sido muy clarividentes; proféticas, a mi entender.
Creo que a lo largo de todas las etapas de la vida hay que hacer propuestas de generosidad a los hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos y ancianos. Como lo hizo siempre Jesús y como nos lo dijo tan bellamente Juan Pablo II: “No hay mayor señal de cariño, amistad y confianza que proponer el seguimiento de Jesús”. Hay que hacer, por tanto, propuestas audaces y osadas, pero en libertad, en su momento, desde la presencia y la amistad, de una manera adecuada… ¡Hay que “saber llegar”!
Esto lo han recalcado, de una u otra manera, varios de vuestros aportes, algunos de los cuales voy a reproponer aquí, sin mencionar los nombres:
• Ante todo hay que ayudar a tener una profunda experiencia de Jesucristo. Que Cristo pase de la cabeza al corazón. Sin eso, no puede existir una verdadera misión.
• “Dar de beber al sediento”… pero también garantizar que haya agua continuamente en la fuente, para que aquél, que ahora no tiene sed, pueda saciarse cuando lo necesite. Hay momentos que la vida misma –que es muy sabia- nos lleva a sentirnos sedientos y sabemos a dónde ir a por agua. La pregunta es cómo hacer para que siempre haya agua en la fuente marista.
• Ayudar a descubrir que hay “algo” más, que es personal, que no se describe, que pasa por lo más profundo del corazón de cada hermano, de cada laico y laica marista y que hace que su vocación específica tenga un colorido que contribuya a volver la vida más bonita, más suave, más dinámica, más audaz…
• Ofrecer espacios para compartir experiencias de vida laical.
• Saber congeniar exigencias con disponibilidad, brindándoles siempre apoyo y acompañamiento.
• Ir, visitar, compartir, tejer redes maristas… Siempre dando ánimos, a pesar de que sus posibilidades de compromiso y participación sean limitadas.
• Dar oportunidades de formación en la fe adulta, ayudando a desarrollar una identidad de cristiano laico marista y a vivir esa identidad en la misión: una tarea que dura toda la vida y que tiene diversas etapas, protagonistas y contextos.
• Los laicos maristas de 30 a 45 años deben sentirse apoyados en su vida, ayudándoles a ser conscientes e que están “atrapados” en la red marista de una manera flexible y “ancha”. Para ello deben establecerse redes “anchas” que les ayuden a vivir en el mundo como verdaderos maristas.
• Debemos estar más preocupados de ofrecerles el calor de hogar de la familia marista que el deseo de querer comprometerlos en esta o aquella misión.
• Debemos estar más preocupados en sistematizar un proceso de acogida y apoyo (“mano maternal que acoge y enseña los primeros pasos”) que en ofrecer un sin número de desafíos que asustan y no hacen más que sumir en la culpabilidad.
Sencillo, profundo y profético, ¿verdad? Quisiera resumirlo en una propuesta de acción que creo debiera asumir cada Unidad Administrativa del Instituto:
Establecer un programa específico, elaborado por hermanos y laicos, con una metodología apropiada, siguiendo las directrices antes enunciadas, para tejer esas redes de presencia, acogida, formación y acompañamiento de los potenciales jóvenes adultos laicos maristas que existen en nuestras provincias.
Y no olvidemos que, en el corazón de la propuesta, hay un énfasis especial en “ir al encuentro de”, en lugar del habitual “invitar a que vengan a”. ¡Un bello y urgente desafío! Pongámonos, pues, en marcha.

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