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Boletín marista - Número 290

 

Mensaje del día de Pascua - H. Seán D. Sammon, Superior general
08/04/2007

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Esta señalada fiesta de Pascua ocupa el centro de nuestra fe. La celebramos todos los años, manifestando de esa manera nuestra firme convicción de que Cristo resucitó de entre los muertos. Por lo menos de palabra atestiguamos que, en lo que a nosotros respecta, la resurrección tuvo lugar.

Pero ¿qué decimos de nuestra conducta personal en un día como hoy o en cualquier otra fecha del año? ¿Se ajusta a nuestra retórica pascual o no alcanza a dar la medida? Pensemos, por ejemplo, en la forma como tratamos a los otros, o cuáles son los temas que realmente nos preocupan cada día, o las esperanzas que albergamos en nuestro interior, o los sueños que acariciamos. Todas esas cosas ¿inducen a los demás a pensar que nosotros somos personas cuyas vidas están ciertamente marcadas por Jesús y su resurrección?

En la primera Pascua y las semanas que le siguieron no había ninguna duda de cuáles eran las actitudes de los discípulos del Señor. María de Magdala lloraba cuando se encontró con el “maestro”. Juan se puso tan nervioso que fue corriendo a la tumba, adelantándose a Pedro. En los días sucesivos, Tomás manifestó serias dudas en torno a todo el asunto, y por último, cuando los apóstoles y los que estaban con ellos recibieron el Espíritu en Pentecostés, alguno que pasaba por allá tuvo la impresión de que aquéllos habían estado tomando mosto en abundancia. Yo preguntaría, ¿alguien ha tenido alguna vez buenas razones para decir lo mismo de nosotros?

Nuestro mundo se estremeció por los sucesos del domingo de Pascua. Se estremeció hasta los cimientos. Sin embargo, al cabo de todos estos siglos, muchos de nosotros nos sentimos más cómodos con el orden convencional de las cosas que con nada que tenga que ver con estremecimientos, incluyendo los temblores de renovación que de cuando en cuando sacuden a la Iglesia y a nuestro estilo de vida. Parece que el fuego del Espíritu nos da miedo, y, aunque rezamos pidiéndole que nos llene de pasión ardiente, uno tiene la sensación de que también podríamos pasar fácilmente sin ella.

Al final nos limitamos a ser personas respetables que se dedican a hacer las cosas correctamente en lugar de hacer lo correcto. Con el paso del tiempo, los cambios fundamentales y fundacionales que la Pascua trajo consigo pueden acabar pareciendo más decorativos que reales.

Siendo sinceros, hemos de admitir que Jesús no era muy respetable, convencionalmente hablando. He aquí una persona que no se mordía la lengua para decir a los poderes constituidos que él había venido a atender a los enfermos y no a los sanos, a los pecadores y no a los que ya estaban salvados, a los imperfectos y no a los que habían alcanzado la perfección. Sus discípulos trabajaban en sábado si era necesario, él comía con impuros, prostitutas y recaudadores de impuestos, y, al contrario de lo que pensaban muchos de los hombres de su tiempo, consideraba que las mujeres eran tan capaces, inteligentes, creativas y pecadoras como sus paisanos masculinos.

Hubo muchos que en su día no llegaron a captar el mensaje de Jesús. Otros en cambio sí lo comprendieron. Y éstos fueron precisamente los pobres, los analfabetos, los marginados de la sociedad. Ellos entendieron mejor que nadie que la salvación era más una cuestión del corazón y el espíritu que cualquier otra cosa. Por eso, no se sorprendieron cuando Jesús, de palabra y con los hechos, hizo estremecerse a este mundo anunciando que las reglas del juego para llevar una vida honesta habían cambiado.

Diecinueve siglos más tarde hubo un hombre llamado Marcelino, que también acogió el misterio y el mensaje de Jesús. Y pudo hacerlo porque se acercó al Señor con el corazón y las actitudes de María. Nuestro fundador comprendió, al igual que María, que así como la Cuaresma es un tiempo propicio para ejercitarse en el cambio del corazón, la Pascua es el momento de dejar de hablar y pasar a la acción. Y todo eso nos lo dijo en su testamento espiritual. Hay una resonancia de Pascua en aquellas palabras con que se nos exhorta a amar a nuestros Hermanos y a los demás, a comunicar a los niños y jóvenes con los que nos encontremos que Jesús los quiere de verdad, a llevar una vida sencilla y compartir los bienes de la tierra, a demostrar en todo momento generosidad y sacrificio.

Es una bendición poder celebrar la Pascua todos los años. Porque esta fiesta nos sirve para profundizar en el significado de la pasión, en el amor incondicional al Señor y la importancia de poner los valores del evangelio por delante de la respetabilidad. Vamos a empezar a actuar como se espera de aquellos que han vivido la experiencia pascual. Cuando lo hagamos, no faltará alguno que diga que hemos tomado mosto en abundancia.

¡Felices Pascuas!

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