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Boletín marista - Número 334

 

Mensaje de Pascua 2008 - Seán D. Sammon, FMS
25/03/2008

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¿Os habéis preguntado alguna vez qué es lo que tenía María de Nazaret en su corazón y en su mente aquella mañana del primer domingo de nuestra Pascua? ¿Qué pensamientos albergaba, qué era lo que sentía, mientras los acontecimientos de aquella semana tan intensa de la historia iban llegando a su culminación? Ciertamente, su papel y presencia como Madre de Jesús encierran una lección para todos los que estamos reunidos aquí esta noche. Y no sólo una lección, sino también –esperemos que así sea- algunas líneas de acción que podemos desarrollar para llevar a la realidad el poderoso mensaje que se contiene en esta magna festividad.

Digamos, para empezar, que Jesucristo, con su peregrinación pascual, redefinió para siempre el significado de la condición de miembro de la comunidad de los discípulos. Y lo hizo retando a los que formaban aquel mundo exclusivo de la antigua Palestina, lo mismo que a nosotros hoy, a dejar a un lado las ideas convencionales sobre tribu y parentela, para abrazar a los hombres y mujeres como iguales, y abatir los muros de separación que otros han ido levantando entre gentiles y judíos, ricos y pobres, pecadores y santos. Más aún, su muerte, resurrección y ascensión deben llevarnos a proclamar una nueva ley de vida en nuestros corazones. De ese modo, lo verdaderamente necesario para reclamar la condición de miembros de la comunidad de fe, será amar y actuar en nombre del reino de Dios, y no simplemente los lazos de la sangre.

Ya conocemos la preocupación que sentía María por Jesús y lo relativo a su seguridad personal, desde que él comenzó su vida pública. A tanto llegaba ese desasosiego que, tal como nos cuenta el evangelista Marcos, ella y los hermanos de Jesús fueron a buscarle con intención de llevárselo a casa. María tenía buenas razones para estar preocupada. Al fin y al cabo, su hijo andaba vagabundeando por aquellas comarcas, predicando, enseñando y creando inquietud. Con lo cual se estaba exponiendo a un serio riesgo de venganza por parte de las autoridades judías y las fuerzas romanas de ocupación, a la vez que exponía también a su familia. La represión podía ser implacable. El historiador Josefo nos recuerda que, durante el levantamiento que siguió a la muerte de Herodes, dos mil judíos murieron crucificados y sus familiares fueron vendidos como esclavos.

Al ir al encuentro de Jesús, María y los que con ella estaban debieron sentirse bastante orillados. Cuando le informaron de que su parientes estaban allí, cerca del lugar donde predicaba, Jesús recorrió con su mirada a los que tenía sentados alrededor de él, acogiéndolos con los ojos y con las palabras como verdadera familia de Dios, más auténtica que los que estaban unidos a él por los lazos de la sangre.

La predicación de la Buena Noticia condujo a Jesús al arresto, al juicio, y finalmente la condena a muerte. Aunque durante siglos los artistas se han dedicado a captar la indefinible tristeza de María al pie de la cruz, ni Marcos, ni Mateo, ni Lucas, hablan de su presencia en el lugar. Juan, en cambio, no sólo coloca a María expresamente en el Calvario, sino que da testimonio de que él también estaba allí. Y lo hace por una razón, a saber, la de señalar el nacimiento de una nueva familia de fe, fundada en el seguimiento de Jesús y de su Dios generoso. Una vez más, Jesús reinterpreta la familia desde la perspectiva del discipulado. Hay un vínculo claro entre la muerte del Señor, el don del Espíritu y la fundación de la comunidad cristiana. El amor recíproco y la igualdad entre sus miembros deben ser el distintivo de la Iglesia cuando Jesús se haya ido. En este sentido, María es nuestro mejor ejemplo; ella es la primera discípula y testigo apostólico.

Pero María nos enseña otra importante lección de Pascua. Con la muerte de Jesús, ella se unió para siempre a toda esa comunidad de mujeres que, a lo largo de la historia, han experimentado y experimentan el sufrimiento singular que viene al ver morir a los hijos. Al fijarme en este punto esta noche, no puedo dejar de pensar en las madres de Alex, Philippe, Gaspar, Servando, Moisés, Chris, y de muchos otros. Si, además, la muerte se ha producido de forma violenta, queda dentro un dolor lacerante que dura toda la vida.

Los romanos tenían reservada la crucifixión, un modo de matar particularmente cruel, a los esclavos y extranjeros. La muerte de Jesús unió de esta manera para siempre a María con aquellas mujeres que, a través de los siglos, han visto cómo los amados hijos que gestaron, dieron a luz, criaron y educaron, morían a manos de la violencia establecida, ya fuera en guerra, o ejecución pública, o en la indiferencia que tantas veces mostramos hacia los que se encuentran en la necesidad. Con la muerte de Jesús, María se asocia a las madres y abuelas de la Plaza de Mayo en Argentina, que aún siguen preguntando por el destino que tuvieron sus seres queridos desaparecidos. Ella se solidariza con las madres supervivientes de los genocidios de Ruanda y Camboya. Con las madres cuyos hijos mueren en guerras civiles, o son ajusticiados en los Estados Unidos y en otras partes del mundo, o que encuentran su final a manos de los torturadores y de los que no sienten ningún respeto por la vida humana.

Si queremos dar un verdadero toque distintivo a esta Pascua, unamos nuestras voces con la del Papa Pablo VI, que hace años lanzaba el grito de “¡nunca más una guerra!”. Luchemos contra esa codicia que causa tanta injusticia en nuestras sociedades, trayendo consigo la impotencia y la desesperación que llevan al crimen. Sí, comprometámonos a no permitir que sigan muriendo tantos hijos, y recemos para que se nos conceda llegar a ser, junto con ellos, verdaderos discípulos de Jesús, miembros de la comunidad de fe, nueva familia del Señor.

¡Felices Pascuas!

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