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Boletín marista - Número 91

 

André Lanfrey, marista e historiador, en el centenario de los sucesos ocurridos en Francia en 1903
11.09.2003

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LA ESCUELA CATÓLICA NO TIENE SENTIDO SI NO PROPONE A SUS ALUMNOS UN CAMINO DE HUMANIZACIÓN A TRAVÉS DE LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Hermano Lluís Serra

El Hermano André Lanfrey, de 60 años, nació en Chambéry, Savoie, Francia. Ingresó en el Instituto con 17 años. Es doctor en historia y enseña en la universidad de Lyon, donde defendió la tesis: Secularización, Separación y guerra escolar. Los católicos franceses y la escuela (1901-1914), que acaba de ser publicada por la prestigiosa éditions du Cerf (Paris 2003). Profesor e investigador, ha estudiado especialmente la historia del Instituto. Participó en el 20° capítulo general. Actualmente es profesor de historia en dos centros universitarios de formación pedagógica en Lyon y Grenoble.

Tu tesis doctoral es la única investigación francesa sobre el problema de los católicos y la escuela al inicio del siglo XX. ¿A qué conclusiones has llegado?
Me he dado cuenta que los católicos franceses, antes del periodo 1901-1914, estaban muy divididos sobre el tema de la escuela católica. Unos la encontraban demasiado tradicional. Otros pensaban que los hermanos y hermanas sacrificaban excesivamente el catecismo a las materias escolares. Incluso muchos obispos y sacerdotes carecían de interés por una escuela católica. Fue la Separación entre Iglesia y Estado lo que cambió la cuestión, ya que entonces los obispos comprendieron que Francia había dejado de ser un país cristiano, y era uno de misión. Era necesario, como en las misiones, hacer que la escuela fuese lugar de cristianización, más, incluso, que la iglesia. Además, Pío X impulsó a los obispos a condenar la escuela laica y comenzó en Francia una larga guerra escolar que, de hecho, no ha terminado todavía. Para reemplazar a los religiosos y religiosas a los que se prohibió enseñar o se exilió, los obispos llamaron en su ayuda a maestros y maestras seglares, que dependían de direcciones diocesanas. La enseñanza católica es la sucesora, consecuentemente, de la enseñanza de las congregaciones.

Se conmemora el centenario de los sucesos de 1903. ¿Qué sucedió exactamente ese año?
De hecho, 1903 es el final de un largo proceso de eliminación de las congregaciones religiosas, que empezó en 1880. Tal año el gobierno emite decretos que van contra las congregaciones no autorizadas; llega a dispersar a los jesuitas y a otras numerosas congregaciones de sacerdotes que cree peligrosas para la República. No se toca a los hermanos y hermanas directamente, pero las leyes de 1881-82 imponen la escuela laica, gratuita y obligatoria. En adelante, el catecismo, la oración, los crucifijos, se prohíben en la escuela. Además, el título se hace obligatorio para todos los maestros. Antes, únicamente el director de la escuela tenía tal diploma, contentándose las hermanos con la obediencia de su superior. Por fin, en 1886, una ley laiciza al personal de la enseñanza pública y los hermanos y hermanas deben abandonar las escuelas públicas, que les permitían disfrutar de una posición oficial y de salarios aceptables.
En lo sucesivo, replegados a las escuelas libres, los hermanos están bajo el mando de los fundadores de escuela, los párrocos, los comités escolares, bajo una autoridad frecuentemente sombría, que exige el máximo de trabajo por el mínimo sueldo. Frecuentemente la competencia con la escuela laica es ruda. En fin, a partir de 1889 los hermanos quedan obligados al servicio militar durante tres años.
Esta persecución oculta se transforma en abierta en julio de 1901; la ley sobre asociaciones concede a todos los franceses el derecho de asociación, salvo en el caso de las congregaciones, que tenían que solicitar una autorización. La mayor parte se someten a esta condición, pero algunas decenas de congregaciones, entre ellas los jesuitas, se exilian o secularizan a sus miembros desde octubre de 1901.
En junio–julio de 1902 el gobierno cierra 2500 escuelas, casi todas de hermanas, que no contaban con un decreto de autorización. Finalmente, en marzo y junio de 1903 el parlamento rehúsa en bloque conceder las autorizaciones de congregaciones de hombres y mujeres. Será el momento del gran exilio y la gran secularización de religiosos y religiosas. En julio de 1904 el gobierno prohíbe la enseñanza a las congregaciones. Afecta a todas las congregaciones, incluso las autorizadas como los Hermanos de las Escuelas Cristianas, que ven como se cierran rápidamente la mayor parte de sus escuelas. Por tanto, 1903 no es una fecha aislada, sino la cumbre de las medidas anticongregacionales, más o menos brutales.

Esta problemática ha permitido la expansión marista por el mundo. ¿Cuántos hermanos salieron de Francia y a qué países fueron?
Se debe observar la emigración de los hermanos como un movimiento más amplio. En 1902 la congregación tiene 1600 hermanos fuera de Francia, de los que 600 son franceses, y algo más de 4000 en Francia. Desde hacía 20 años la congregación había fundado más escuelas fuera de Francia (180) que en Francia (66). Por tanto, 1903 no hizo sino acelerar un movimiento de fondo.
Ese año más de 500 hermanos salen de Europa, mientras otros tantos se reparten por Europa, especialmente en las casas de formación de Italia (Grugliasco…), España, Bélgica. Los años sucesivos el movimiento continúa de manera más modesta.

¿Qué han hecho los que se quedaron en Francia?
El Estado no expulsó a nadie de Francia, sino que exigió sencillamente que los miembros de las congregaciones dejaran todo lazo con su congregación, hecho lo cual podían realizar las actividades que quisieran como simples ciudadanos.
Se produce la confrontación de dos doctrinas. Los obispos y todos los que querían salvar las escuelas piden a los hermanos y hermanas que rompan cualquier lazo con su congregación. En Roma y entre los Superiores no se juzga así, pues, en esas condiciones, la secularización significa la muerte de la congregación en Francia. El cardenal Ferrata en diciembre de 1902 preconiza una secularización pro forma, o en el foro interno, es decir, que los religiosos se vistan de civil, reciban una carta de secularización de su superior y del obispo, pero sean fieles en la observancia de sus votos y sigan su regla en la medida de lo posible. Los superiores intentan convencer a los hermanos de esta doctrina.
Pero es difícil. Los obispos, los párrocos, los comités de las escuelas libres presionan para que hermanos y hermanas se secularicen. Por otra parte, muchos de ellos no quieren irse de Francia, quieren defender sus escuelas. Son demasiado viejos para acostumbrarse a un nuevo país. Tienen un madre anciana … De esta manera los superiores, que no querían conceder más que unas pocas secularizaciones entre los hermanos, se ven obligados a concederlas a más de 1500, sin contar unos 400 ancianos, a los que se reagrupa en las casas provinciales para evitar que el Estado las venda.
Este proceso termina rápidamente en desastre, pues la policía realiza registros y, en mayo de 1903, en la escuela de Torteron, encuentra documentos que prueban que la congregación de Hermanos Maristas mantiene una dirección clandestina de los secularizados. El gobierna intenta destruir la resistencia de los secularizados presentando un proyecto de ley (proyecto Massé), en junio de 1903, prohibiéndoles la enseñanza en el mismo municipio, o municipios limítrofes, durante tres años. El proyecto encalla, pero los registros, los procesos iniciados por el Estado contra los secularizados, han sembrado el pánico. Muchos hermanos ven como se cierra su escuela. Los comités y los propietarios de escuela, que arriesgan ser condenados como cómplices de la reconstrucción de las congregaciones, reemplazan a los secularizados por seglares. Es el momento en que muchos secularizados dejan la enseñanza, tomando el trabajo que pueden: agentes de seguros, comerciantes, empleados de oficina … Los que se quedan en la enseñanza, para probar que su secularización es sincera, van al café, al teatro, se toman vacaciones, abren una cartilla de ahorros... El matrimonio es la prueba de secularización más inatacable, y algunos párrocos y notables animan a ello. De esta manera el número de secularizados pro forma, siempre fieles a la congregación, tiende a disminuir rápidamente.
Desde inicios de 1904 la persecución administrativa y judicial se calma, pues se crea una jurisprudencia favorable a los secularizados. Las sentencias contrarias a la acusación son numerosas, ya que es difícil probar la falsa secularización. Los secularizados que habían dejado la enseñanza retornan a ella y la secularización se convierte en estable. Se puede seguir siendo religioso clandestinamente, si uno es discreto.
Como los obispos, los párrocos y diversos notables continúan hostigando a los secularizados pro forma, los Hermanos de las Escuelas Cristianas obtienen del Papa, en mayo de 1905, una carta declarando que la vida religiosa debe estar por encima de las obras, lo que cierra la boca definitivamente a los partidarios de la secularización total. Pero los superiores interpretan esta doctrina de la manera más estricta, como una condena de cualquier tipo de secularización, y en adelante a los secularizados se les considera religiosos de segunda categoría, a los que se les reconocen méritos individuales, pero de los que se deplora la situación poco regular. Y ya que se teme por la vocación de los hermanos jóvenes, no se les envían refuerzos hasta 1914. Los secularizados envejecen con amargor, se sienten más o menos abandonados por los superiores y objeto de desconfianza por parte de quienes se fueron al extranjero. La guerra de 1914-1918, obligando a volver a muchos de los exiliados, permitirá la renovación de los contactos. Y, por otra parte, ¿no es la guerra una nueva secularización?

¿De qué manera ha marcado el inicio del siglo XX a la escuela francesa?
Sobretodo a partir de 1886 es cuando se crea una escuela católica francesa, ya que los hermanos y hermanas dejan de tener derecho a enseñar en las escuelas públicas. Los últimos hermanos dejan la escuela pública en 1892. Para las hermanas el reemplazo dura más, ya que faltan maestras seglares. En esta época las congregaciones empiezan a utilizar ayuda de seglares, cuyo número aumentará bruscamente con la secularización. La escuela católica adhiere numerosos profesores y profesoras independientes o que trabajaban hasta entonces en escuelas privadas no confesionales. Los secularizados formarán a los futuros maestros y maestras seglares en las escuelas normales y los cursos normales, creados con prisa, para producir vocaciones de maestros laicos. Frenado entre 1920 y 1965 por una reconstitución de las congregaciones, este proceso de laicización de la enseñanza católica se ha concluido hoy día. Las hermanas, los hermanos y los sacerdotes ya no son sino un pequeño porcentaje de la enseñanza católica, y no necesariamente en puestos directivos.

¿Y los Hermanos Maristas, de los que la mayoría estaban entonces en Francia?
La política del Estado a partir de 1880 obligó a la congregación a elevar el nivel intelectual de los hermanos. La creación de los juniorados y los escolasticados ha permitido ofrecer una formación de mayor duración. En los grandes internados los profesores adquieren, frecuentemente por medios propios, un nivel intelectual alto. También mejora la formación religiosa. Se organizan los ejercicios de S. Ignacio y el segundo noviciado. Gracias a este personal, mejor formado y, a veces, más motivado, el instituto resiste en Francia y llega a establecerse sólidamente en numerosos lugares del mundo.
El problema verdadero es la incapacidad de afrontar, en el plano teórico, el desafío de la secularización, que se podía prever desde 1880. La enseñanza ya no era prolongación del catecismo, sino un trabajo a dedicación completa que un seglar podía cumplir tan bien, y con frecuencia mejor, que un religioso. Los secularizados van a vivir con éxito esta disociación del profesional y el religioso. No serán ya maestros porque sean religiosos, sino maestros y religiosos. Se sitúan en una doble fidelidad de la que es su conciencia, y no el cuerpo de la congregación, el lugar de síntesis. Inventan una nueva vida religiosa, fundada en la libertad individual más que en la obediencia y la comunidad. Pero el instituto no va a integrar la riqueza de su experiencia.
Los hermanos que se van al extranjero continúan organizándose según el esquema que quiere que la vida religiosa sea un estilo de vida que copia el modelo monástico, teniendo como señales fundamentales el hábito, la regla, la comunidad. Tal modelo parece triunfar hasta el Vaticano II, pero su hundimiento posterior muestra que había perdido su pertinencia desde hacía tiempo, y que no se mantenía más que por el peso de la tradición en un cuerpo que aspiraba a cambiar. Por eso, después de 1965, asistimos a una secularización anárquica, ya que las congregaciones no percibieron 1903 como un signo de los tiempos, sino únicamente como un accidente en una tradición inmutable. Ha sido necesario vivir en la improvisación lo que habría podido ser una evolución programada.
Por tanto, no hay que percibir los hechos de 1903 como un exilio providencial que permitió al instituto expandirse por el mundo. Primeramente, la expansión había comenzado ya antes. Además, la expansión ha sido desequilibrada más que ayudada por el exilio masivo concentrado en unos pocos años. Y las circunstancias dramáticas en que se ha realizado han impedido una interpretación abierta a una evolución de fondo. Hay que esperar a las últimas décadas del siglo XX para que el instituto emprenda el gran esfuerzo de reflexionar sobre su relación con el mundo y con su tradición. Pero, es verdad que no nos podíamos adelantar a la actitud general de la Iglesia.

¿Qué juicio das sobre la escuela pública francesa? ¿Laica o laicista?
Se dice que el laicismo a la francesa se comprende poco en otros lugares. En la misma Francia la palabra comprende, al menos, dos sentidos distintos: la laicidad, propiamente dicha, que es la reivindicación de la autonomía del poder temporal frente al espiritual y el laicismo, que es una doctrina antirreligiosa que considera cualquier trascendencia como atentado a la libertad del hombre. Desde la Ilustración y la Revolución Francesa la corriente laica juega con esta ambigüedad. Proclama admitir todas las religiones, pero, de hecho, quiere someterlas todas a sí. No es la autonomía de lo profano y lo religioso lo que busca, sino la sumisión de lo religioso a lo profano. Como prueba basta indicar que laicidad se utiliza en singular, mientras que se habla de las religiones en plural (las Iglesias). ¿No se afirma así una ideología de Estado, en sustitución de la religión de Estado?
Esta laicidad-laicismo ha permitido a la República jacobina imponer su poder en toda Francia. Pero, hoy día, la descentralización y Europa están a la orden del día, lo que debilita a los viejos Estados y, por ese mismo hecho, a las ideologías centralizadoras. Por otra parte, el laicismo descansa sobre el dogma positivista del deterioro irremediable de lo religioso frente al ascenso de la ciencia. Se sabe que esto es un mito, ya que la religión más que desaparecer se transforma. El Islam comporta problemas inéditos y la ignorancia de la juventud francesa es de tal magnitud que el Estado ha establecido como materia, en la escuela laica, una iniciación al hecho religioso. Finalmente, el ascenso de la violencia en la escuela y los barrios pone de relieve el problema del restablecimiento de una moral pública, que se intenta obtener a través de la enseñanza cívica en la escuela. Pero la cuestión del problema del sentido resta intacta, ya que la opinión pública no consiente que la escuela laica sostenga una argumentación positiva sobre el Bien y el Mal. Mientras que la escuela laica de 1880 pretendía ser religiosamente neutral, pero moralmente comprometida, la de 2003 es completamente neutral. El consenso se da sobre valores vagos, como la tolerancia o la libertad, tras los cuales cada uno pone lo que quiere.
Por tanto, actualmente, se da una laicidad que es más integrismo antirreligioso que voluntad de apertura a lo religioso, sin contar la defensa de privilegios de los miembros de la Educación Nacional.

La laicidad ha prohibido, desde hace tiempo, los símbolos cristianos en la escuela pública. ¿Qué actitud mantiene frente a las manifestaciones de pertenencia islámica?
Como he dicho anteriormente, el Islam produce problemas inéditos a la laicidad, pues en el combate entre el Estado laico y la Iglesia católica, los dos adversarios estaban de acuerdo, en el fondo, en un punto fundamental: la distinción entre lo temporal y lo espiritual. Disentían únicamente sobre el espacio que se debía dar a cada campo. La laicidad considera el campo religioso reducido a lo individual y el culto. La Iglesia considera que lo religioso tiene derecho a ocupar ampliamente (especialmente en la escuela) espacio social, y espacio político, en cierta medida. Tras un siglo de lucha, Iglesia y Estado han llegado a cierto equilibrio en sus relaciones.
La llegada del Islam, y también de sectas y toda clase de expresiones religiosas exóticas (budismo, cienciología, New Age ...) enredan el paisaje y la laicidad se encuentra tomada por sorpresa. El Islam plantea un problema especial ya que no distingue claramente cultura y religión, lo espiritual y lo temporal. La cuestión es saber si el Islam se disolverá en la laicidad o si la confrontación es fatal. El ascenso de un integrismo islámico, e incluso de un terrorismo islámico, hacen que el problema sea aún más delicado.
El Estado laico intenta hacer una distinción entre Islam e Islamismo. Por una parte concede estatuto oficial al Islam, autoriza la construcción de numerosas mezquitas ..., pero intenta disminuir las manifestaciones visibles del Islam en la escuela reprimiendo el uso del velo islámico. De hecho, no sabe dónde poner el límite entre la expresión normal de una religión y el proselitismo contrario a la laicidad.
Tenemos, pues, un debate en el seno de la laicidad respecto al Islam, así como en el Islam hay un debate sobre la necesidad de aceptar las reglas de la laicidad. Para mí, el conflicto es inevitable. El tema es saber si tendrá un carácter pacífico o desembocará en violencia. La laicidad podría tener la tentación, por ejemplo, de reprimir cualquier expresión exterior de religiosidad, sea cristiana, judía, musulmana o cualquier otra.

La guerra escolar existe en numerosos países. ¿Cómo vivir serenamente esta situación problemática, a la luz del pasado?
Creo que la escuela católica, como la entendemos, nació en el siglo XVI, de los deseos de los mejores reformadores de la Iglesia para rehacer una cristiandad en la que los fieles tengan conciencia de su fe y se les solicite a vivirla prácticamente. Este esfuerzo se manifestó primeramente en las ciudades, a través de los colegios jesuitas y las escuelas de hermanos y hermanas, y después en el campo, a través de la acción de las congregaciones de enseñanza del siglo XIX, de las que los Hermanos Maristas somos uno de los componentes importantes.

¿Cuál es la aportación específica de la escuela católica en el campo educativo?
Actualmente, la escuela católica es pertinente si es lugar donde se entiende el mundo secular y el religioso en relación equilibrada. Las disciplinas escolares no deben ser servidoras de la fe. La matemática, la física, la literatura tienen su propio método de acceso a la verdad. Por otra parte, el conocimiento profano no es la única finalidad. La escuela tiene que proponer el problema del sentido, permitiendo que los muchachos tengan referencias de lo trascendente, de su origen y de su ser parte de un pueblo. En otros tiempos la escuela católica tenía unos modos muy autoritarios de inculcar esta pertenencia, lo que, como ventaja, producía la estructuración de las personas, pero tenía el inconveniente de producir una actitud de sumisión o de revuelta.
Por tanto, me parece que la escuela católica no tiene sentido si no propone a sus alumnos un camino de humanización a través de la búsqueda de la verdad, tanto inmanente como trascendente. De tal modo, tanto la ciencia como la fe, se conservan como son en realidad. Ya no se trata de sumisión a la autoridad, sino de inserción en una tradición de descubrimiento e invitación a proseguir la tarea de afrontar los misterios de la naturaleza y del ser, de modo que preparen la ciudad terrena y la ciudad de Dios para su realización final. En el fondo, la imagen más pertinente de sabio y santo, y también de educador, es el combate nocturno de Jacob con el ángel que desemboca en el día y la bendición.

Roma, 21/6/03

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